Un evangelio por el que merece la pena morir / Benjamin Kwashi

Pensamientos sobre la persecución desde Nigeria

Traducido del inglés por Catherine Shepherd

Durante los últimos treinta años más o menos, el norte de Nigeria ha experimentado una serie de disturbios, persecuciones y destrucción. En algunos casos han sido diezmadas familias y comunidades enteras; otras veces han sido personas que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado y que prefirieron morir antes que negar a Cristo. En la gran mayoría de estos casos sólo sus familiares más cercanos, y el Señor, sabrán los nombres de estos mártires. Algunos de ellos estaban trabajando por la paz y la reconciliación entre musulmanes y cristianos. Otros eran pastores. Muchos eran miembros de una iglesia.

Aquellos que llevan el mensaje del evangelio no siempre serán bienvenidos; quizás haya intimidación, persecución, humillación y sufrimiento. El Apóstol Pablo había experimentado todo esto pero se negaba a rendirse. Fue buscando a personas de todas las confesiones: judíos, adoradores de ídolos paganos y aquellos que servían a un “dios desconocido”. Siempre, en cualquier circunstancia, su preocupación, su objetivo, el motivo por el que seguir viviendo era “seguir adelante” con este evangelio:

“No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí” (Fil. 3:12, NVI).

El evangelio lo había cautivado y transformado tanto que sabía que ninguna persona, situación o circunstancia estaba fuera de su poder.

El poder del evangelio se nos ha entregado en las manos y en el corazón hoy en día. Dar testimonio del amor de Cristo no es cuestión principalmente de un debate académico, de una mesa redonda o ni siquiera un bombardeo en los medios de comunicación. Se trata simplemente de vivir el evangelio de Cristo en el poder del Espíritu Santo, cada día, para que otros lo vean, sean retados y estén sorprendidos.

Dar testimonio del evangelio de esta forma implica morir a sí mismo y vivir por Cristo. En su primera epístola, Pedro escribe para animar, tranquilizar y traer esperanza a las iglesias cristianas de Asia Menor a medida que empiezan a enfrentarse a las tormentas de la persecución. La carta nos instruye y nos señala la base de nuestra fe: Jesucristo, nuestra esperanza, ahora y para siempre. Pedro señala la gloria del llamado de Dios: Los cristianos son el pueblo escogido de Dios, herederos de la bendición de Dios, pero también están llamados a sufrir y a soportar insultos injustos y persecución inmerecida. Este es nuestro llamado porque fue el llamado de Cristo y estamos llamados a seguir su ejemplo (1 Pedro 2:21). Cristo sufrió por nosotros y como lo seguimos, sufrimos por él y para que otros lo conozcan.

Pedro quiere animar a los creyentes no sólo a permanecer firmes en medio del sufrimiento, sino también a examinar las razones por las que deben vivir en un mundo atribulado y pasar por sufrimiento y persecución, teniendo en cuenta que Jesús sufrió por los pecados de todo el mundo y nos salvó a todos por ello. No es agradable tener que sufrir a causa de la ignorancia, la estupidez o pecado personal deliberado, pero es peor aún tener que sufrir inocentemente simplemente por causa de la justicia. Cada creyente debe examinar sinceramente y con cuidado las razones de su sufrimiento y ver si merece la pena o no. Cualquier sufrimiento que no conduzca a las personas a Cristo y traiga bendición a las personas no merece la pena.

Cualquier sufrimiento que no sea por Jesucristo y el evangelio de la salvación no merece la pena. Cualquier sufrimiento que no tenga valor eterno ante Dios es completamente inútil. Aunque estén sufriendo por una enfermedad que no se causaron ustedes mismo, es importante que depositen en Cristo toda ansiedad porque él les conoce, conoce su condición y cuida de ustedes (1 Pedro 5:7).

Si no, habrán perdido de manera mortal. Esto se tiene que dejar claro para acabar con la idea de que aceptar pasivamente un estado de sufrimiento es una señal de ser creyente. Algunos han ido más allá y han visto el sufrimiento innecesario, excesivo e incluso sin sentido como una marca de fe verdadera. Nada más lejos de la verdad. Jesucristo no vino para hacernos sufrir: vino para traer esperanza y una forma de superar los problemas de este mundo. Los problemas de este mundo son reales y no deben ser ignorados. Dios no ha prometido a su pueblo que se librará de todos los problemas, pero siempre ha prometido estar con él en medio de los problemas. Jesús dijo: “En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo” (Juan 16:33, NVI).

Jesucristo sufrió porque hizo frente a los poderes del infierno, de la muerte y de Satanás mismo. Sufrió, pero tenía que hacerlo para poder rescatar a las personas y llevarlas de muerte a vida, de la oscuridad a la luz, del infierno al cielo. Sufrió para poner en marcha una fuerza irreversible de transformación de la historia, de las personas, de la vida y de las comunidades. Dios amaba tanto al mundo y a la humanidad que no podía dejarnos que permaneciéramos en pecado para siempre. La consecuencia práctica directa era que aquel que fuera a redimir al mundo debía pasar por una confrontación amarga e incluso la muerte. Jesús pasó por todo esto literalmente para que hoy en día podamos ser los beneficiarios directos de este enorme precio que pagó Dios cuando su único Hijo sufrió y murió en nuestro lugar. Jesús resucitó de los muertos al tercer día de forma triunfante y ascendió al cielo para ocupar su trono como salvador, redentor y juez.

Dirigiéndose a todos, declaró:

―Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la gloria del Padre y de los santos ángeles. Además, les aseguro que algunos de los aquí presentes no sufrirán la muerte sin antes haber visto el reino de Dios. (Lucas 9:23–27, NVI)

La cruz es la identidad clara de seguir a Cristo (Lucas 9:23). No se puede evadir la cruz si queremos ser discípulos de Cristo y tampoco hay discipulado sin ella. La cruz está en el centro del evangelio; está en el corazón de las buenas nuevas, el mensaje de salvación. Se supone que la cruz iba a ser el final del ministerio de Jesús, tenía que silenciarlo por medio de la muerte. La conspiración para matarlo se cumplió. No hizo nada malo pero aun así fue condenado por las fuerzas de la envidia, el odio, los celos, la amargura, la calumnia y la traición. Se confabularon contra él y lo sentenciaron a muerte en la cruz. ¡Pero al tercer día Jesús resucitó de los muertos y está vivo para siempre! ¡Esta es la victoria de la cruz! “El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios” (1 Corintios 1:18, NVI). Esta es la razón para llevar a cabo la misión y el ministerio del evangelio hasta que nuestro Señor regrese.

A lo largo de los años allí donde ha habido cristianos la misión ha continuado, fueran cuales fueran las circunstancias. ¡Ahora nos toca a nosotros! Debemos mantenernos firmes y con valentía ahora cuando más falta hace. Debemos ser constructores, no destructores. Debemos construir a todo el mundo y especialmente a los jóvenes, y darles una esperanza para el futuro. Vamos a levantarnos para resistir la destrucción y todo lo que destruye la vida, el medio ambiente y la comunidad. Un evangelio que no tiene ningún efecto en la vida de las personas, que no tiene poder transformador, no es el evangelio verdadero ni completo. Sean cuales sean las circunstancias que nos rodean, no olvidemos lo siguiente: ¡tenemos un evangelio por el que merece la pena vivir y un evangelio por el que merece la pena morir!


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