“¡Podemos aceptar el martirio, pero no el genocidio!”

Es la resiliencia fiel el único paradigma para los cristianos que son perseguidos?

Traducido del inglés por Catherine Shepherd

El año pasado BBC Magazine publicó un artículo sobre una milicia cristiana formada específicamente para proteger a los pueblos cristianos cerca de Mosul, llamada la Brigada de Babilonia.* Está financiada por el gobierno iraquí y lucha codo con codo con otras milicias musulmanas. En el artículo, el líder de este grupo declara que no les queda otra opción porque los cristianos son un objetivo específico de ISIS. El periodista entonces lanza una pregunta: “¿Qué pasa con el mandamiento: ‘no matarás’?” El líder miliciano contesta: “Tenemos que pelear. Nos tenemos que defender”. Por desgracia el tono del artículo se muestra un tanto condescendiente, como si estuviera mal luchar, simplemente porque el autor no recordaba que en sus días de catecismo en la escuela se enseñara que Jesús le decía a la gente que se armara. ¿Habría hecho el periodista la misma pregunta sobre el sexto mandamiento a los soldados luchando en Dunkerque o Normandía, o a los miembros de la Resistencia Francesa durante la Segunda Guerra Mundial? ¿Es correcto defender a las naciones de dictadores despiadados como Hitler, pero está mal proteger vidas y comunidades inocentes de persecución violenta que raya la limpieza religiosa? Lo anterior engloba un reto enorme al que se enfrentan las comunidades cristianas que están sufriendo persecución.

Los estudios dicen que la persecución de personas de todas las confesiones va en aumento y que está muy extendido por el mundo hoy en día, y que los cristianos son el objetivo más común.* Paul Marshall, Lela Gilbert y Nina Shea afirman lo siguiente:

“Los cristianos son el grupo religioso más perseguido del mundo actual. Esto fue confirmado por estudios realizados por fuentes tan diversas como El Vaticano, Puertas Abiertas, el Centro de Investigaciones Pew, Commentary, Newsweek y The Economist. Las Conferencias Episcopales de Europa estiman que un 75% de actos de intolerancia religiosa están dirigidos a cristianos”.

*El Papa Francisco también ha hablado muchas veces en contra de la persecución extendida, especialmente en Oriente Medio donde la existencia de comunidades cristianas históricas está siendo amenazada entre armenios, asirios, caldeos, maronitas, melquitas y católicos siríacos. Pregunta: “¿Dónde está la conciencia de este mundo?”.* Por desgracia, por razones demasiado complejas para tratar aquí, varios observadores han notado que los líderes políticos occidentales a menudo se han mostrado reacios a actuar o no han actuado en absoluto.*

Los números estimados de cristianos que han sido asesinados varían. Todd M. Johnson del Centro para el Estudio del Cristianismo Global utiliza una definición amplia del martirio y dice que entre 2000 y 2010 fueron asesinados unos 100.000 cristianos cada año.* Pero otros dan la cifra más cautelosa de entre 7.000 y 8.000.* En cualquier caso estas cifras no nos cuentan la gravedad del problema, especialmente en relación con el desplazamiento masivo de comunidades enteras y exilio desde tierras ancestrales, donde llevaban viviendo durante siglos o incluso milenios. Por ejemplo, antes de 2003 vivía un millón y medio de cristianos en Iraq y actualmente queda menos de medio millón. Otro ejemplo de un contexto muy diferente es el desplazamiento de los grupos tribales minoritarios cristianos por parte del gobierno de Burma.

Históricamente la forma en la que los cristianos han respondido a la persecución ha sido definida en gran parte por algunos textos clave del Nuevo Testamento. Dos de estos textos son “No resistan al que les haga mal” (Mt. 5:39) y “Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra” (Mt. 10:23).* Así que cuando las autoridades judías empezaron la primera gran persecución en Jerusalén, los cristianos “se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria” (Hechos 8:1). Y en el libro de Apocalipsis cuando los mártires caídos clamaron por justicia y venganza, “cada uno de ellos recibió ropas blancas, y se les dijo que esperaran un poco más, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a sufrir el martirio como ellos” (Ap. 6:11). En general estos artículos se han interpretado como que se debe aceptar la persecución y el martirio, y escapar si fuera posible, y dejar la justicia y la venganza contra el mal a Dios que es soberano. Podríamos resumir este punto de vista como “aguante fiel”.*

No cabe duda de que el llamado del Nuevo Testamento a un aguante fiel sigue siendo el paradigma fundamental de la iglesia cristiana en cada época como respuesta a la persecución. Está demasiado arraigado tanto en el misterio como en el poder de la cruz como para dejarlo a un lado y tomar otro paradigma. Sin embargo, ¿existen buenas razones para cuestionar si esta visión dice todo lo que hay que decir acerca de la respuesta cristiana a la persecución? Me gustaría decir que sí.

Comencemos con la persecución de la iglesia primitiva bajo el Imperio Romano. En realidad no afectó a tantas personas como se suele pensar. Basándose en parte en las obras del historiador de la iglesia primitiva W. H. C. Frend, Rodney Stark ha argumentado que el número de mártires es varios cientos y no miles.* Las olas esporádicas de persecución que tuvieron lugar sólo atacaban normalmente a obispos y líderes. Lo que hace que sean dignos de recordar no es el número sino el horrible sufrimiento de los perseguidos y la actitud callada y radiante con la que muchos se enfrentaban a la muerte. Por contraste, lo que está ocurriendo hoy en numerosos lugares del mundo es algo completamente diferente. La cantidad de cristianos perseguidos es mayor y la persecución es mucho más persistente, intensa y violenta. Esto ha llevado a algunos obispos sirios, en el contexto de la actual crisis, a decir que “¡Podemos aceptar el martirio, pero no el genocidio!”

En segundo lugar, ya sea violencia por parte de bandas o persecución dirigida por el Estado durante y después de la edad apostólica, toda la persecución tuvo lugar en el contexto de un imperio con un alto nivel relativo de ley y orden. Hechos (16:35–40; 19:35–40; 22:25) muestra claramente a los cristianos recibiendo o pidiendo protección al amparo de la ley a las autoridades locales. Pero hoy en día a menudo ocurre en contextos en los que la ley y el orden se han desintegrado o donde las autoridades del gobierno son negligentes o incluso son ellas las que están detrás de los ataques. Muchos de los ataques han acabado en violencia a grandísima escala con esclavitud sexual, asesinatos, genocidio y el desplazamiento de comunidades.

En tercer lugar, como parte de la tradición occidental misma, la respuesta cristiana a la persecución no siempre ha estado restringida al paradigma del aguante fiel. Vamos a tomar como ejemplo la Reforma del siglo XVI. ¿Lutero habría sobrevivido y tenido éxito si no se hubiera sabido que Federico el Sabio, además de otros príncipes alemanes, estaban junto a él, con armas si fuera necesario? O ¿qué habría pasado con la Reforma Escocesa con John Knox si no hubieran intervenido las fuerzas inglesas?

Cuatro siglos más tarde, Dietrich Bonhoeffer tuvo que tomar la dura decisión de unirse al complot contra Hitler en el contexto de una guerra inmoral y genocidios sin precedentes. Justo antes de regresar a Alemania desde los Estados Unidos en 1939, escribió lo siguiente a Reinhold Niebuhr: “Cada uno debe tomar una decisión así por sí mismo. Los cristianos en Alemania se enfrentarán a dos terribles alternativas: permitir la derrota de su nación para que perdure la civilización cristiana o permitir la victoria de su nación y por tanto la destrucción de nuestra civilización. Yo sé cuál alternativa debo escoger, pero no puedo tomar la decisión sin peligro”.* No podría haber escrito esto si el aguante fiel fuera el único paradigma para los cristianos perseguidos o para las civilizaciones cristianas amenazadas con ser aniquiladas.

Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿es correcto que los cristianos recurran a las armas para defender a sus seres queridos, sus comunidades y su civilización? Debatiendo con algunos cristianos nigerianos cuyas iglesias están siendo quemadas y que están sufriendo asesinatos masivos en sus comunidades, un amigo mío sugirió que quizás deberían empezar a considerar aplicar la tradición de la guerra justa para defenderse en tales situaciones. ¡Se sorprendió porque los demás le dijeron que nunca habían oído hablar de este concepto! La tradición de la guerra justa está aceptada en general por una gran mayoría de católicos y protestantes, especialmente en casos de agresión inmoral y para defender a los inocentes. Como resumió John Stott en Issues Facing Christians Today, hay siete condiciones que se tienen que presentar para que una guerra sea justa: “declaración formal, último recurso, causa justa, intención justa, medios proporcionados, inmunidad de los no combatientes y expectativas razonables”.*

Sin embargo, hay pensadores cristianos serios que han cuestionado la guerra justa en favor de un pacifismo absoluto. En los últimos años, Richard B. Hays ha ofrecido la que probablemente sea la crítica más constante de esta visión desde una perspectiva bíblica.* Su posición se puede resumir de la siguiente manera: “De Mateo a Apocalipsis encontramos un testimonio constante en contra de la violencia y un llamado a la comunidad a seguir el ejemplo de Jesús y aceptar el sufrimiento en lugar de causarlo… El Nuevo Testamento no ofrece base alguna para la participación de los cristianos en una guerra ‘justa’”.*

Pero, ¿Hays tiene razón? Yo ofreceré simplemente dos comentarios. En primer lugar, ¿cómo interpreta Romanos 13:4, donde habla de los gobernantes que llevan la espada al servicio de Dios? Escribe: “Aunque las autoridades lleven la espada para ejecutar la ira de Dios… este no es el papel del creyente”.* ¿Pero qué ocurre si el gobernante es creyente? Hays no ofrece respuesta a esta pregunta. Además, si es la responsabilidad del gobernante gobernar y mantener la ley y el orden, ¿qué pasa cuando falla el gobierno y la ley y el orden se han desintegrado? ¿Debe el cristiano simplemente aceptar el caos y sufrir sus consecuencias? Parece ser que Hays ha simplificado excesivamente el problema. Esto nos conduce al segundo comentario. Hays dice que alguien podría preguntarle: ¿Qué habría pasado si los cristianos se hubieran negado a luchar contra Hitler en la Segunda Guerra Mundial? Él responde con una pregunta: “¿Y si los cristianos de Alemania se hubieran negado en redondo a luchar para Hitler y se hubieran negado a matar a las personas en los campos de concentración?”* Hays quizás tenga razón con respecto a Alemania, pero la misma lógica no sirve si miramos al otro lado del planeta: sólo un puñado de fuerzas armadas japonesas eran cristianas. Y si Hays se equivoca tanto con los agresores japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, se equivoca aún más en la batalla contra ISIS hoy en día.

En resumen, se ha observado que nos enfrentamos a una persecución religiosa sin precedentes, dirigida a todas las confesiones y especialmente a los cristianos. En muchos lugares la persecución ha llegado a ser prácticamente genocidio. Sin embargo el discurso predominante que utiliza la iglesia global como respuesta a la persecución sigue siendo la del aguante fiel. A pesar del papel importante de la tradición de la guerra justa en la historia cristiana, no se ha trabajado mucho para aplicar los mismos principios al genocidio dentro de la persecución. Este breve artículo no pretende ofrecer un estudio exhaustivo de este tema, sino que intenta desafiar a la iglesia cristiana a plantearse si existe alguna laguna en nuestra forma de ver la persecución hoy en día, y darse cuenta de que se necesita un esfuerzo mayor para desarrollar una respuesta moral teológica más adecuada: una teoría de defensa justa, por decirlo de alguna manera.

Para hacerlo de forma eficaz se deben tratar algunos temas peliagudos. En primer lugar, ¿hay base bíblica y teológica para que los principios de la defensa justa se puedan aplicar a las comunidades perseguidas? En segundo lugar, hay un claro continuo entre los martirios individuales y el genocidio de comunidades enteras. ¿Bajo qué condiciones sería apropiado que los cristianos pasaran del aguante fiel a la defensa justa para la protección de la familia, la comunidad y la civilización? Es un tema con repercusiones no sólo a nivel regional o nacional, sino también a nivel local. Por ejemplo, hay pruebas anecdóticas de varios lugares que sugieren que es menos probable que una iglesia sea quemada y que una comunidad sea atacada si son protegidas por grupos de vigilancia cristianos.

Pero existe el peligro permanente de pasar de la defensa justa y la protección de las comunidades religiosas vulnerables a la venganza y la agresión incontrolada hacia los perseguidores. Por lo tanto, en tercer lugar, los códigos de conducta que rigen la defensa justa se deben definir con cuidado para que las acciones cristianas con buena voluntad no lleven a una violencia mayor o, peor aún, a una guerra religiosa. Por último, dado que la persecución de los cristianos ocurre en una gran variedad de contextos globales, necesitamos establecer unas pautas para ayudar a las iglesias a plantearse cuándo es adecuada y necesaria la defensa y cuándo es imprudente y conduciría a un desastre aún mayor para la iglesia y para el evangelio. Un ejemplo de esto último es la situación de las iglesias bajo ciertos regímenes marxistas hoy en día. En todo caso el problema es urgente y el desafío ineludible.


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