Sufrimiento y persecución en el cristianismo primitivo

Explorando los escritos de Ignacio y Justino Mártir

Traducido del inglés por Laia Martinez

Entre las muchas características de los primeros cristianos que asombraron a sus vecinos paganos, una de las más prominentes fue su disposición a sufrir persecución e, incluso, la muerte, a causa de su fe. Los textos de tres figuras del siglo II d. C., San Ignacio de Antioquía, el autor desconocido de la Carta a Diogneto y San Justino Mártir, dan testimonio de este atributo extraordinario de los primeros cristianos y demuestran que estos cristianos pueden inspirar a los que somos herederos de su fe en la actualidad.

A principio del s. II d. C., Ignacio, el obispo de Antioquía, escribió unas cartas dirigidas a diferentes iglesias mientras iba de camino a Roma para su ejecución. En estas cartas, Ignacio ruega a las iglesias que oren por él pero no para que interfieran en su martirio inminente, lo que le permitirá no ser simplemente «un mero grito», sino «una palabra de Dios» (Rom. 2:1). Con ello, Ignacio está recurriendo al ejemplo de «nuestro Dios Jesucristo», quien «es más visible ahora que está en el Padre» que cuando estaba en este mundo (Rom. 3:3). Encadenado y escoltado por un batallón de soldados, Ignacio escribe que, aunque sus guardas se comportan peor cuanto más bien se les trata, «con sus maltratos paso a ser de modo más completo un discípulo.» (Rom. 5:1). Ciertamente, Ignacio encuentra gozo en la cercanía que su sufrimiento le da respecto a Dios:

«Cerca de la espada, cerca de Dios; en compañía de las fieras, en compañía de Dios. Solo que sea en el nombre de Jesucristo, de modo que podamos sufrir juntamente con Él. Sufro todas las cosas puesto que Él me capacita para ello, el cual es el Hombre perfecto» (Sm. 5:1).

Para todos aquellos que se enfrentan a un antagonismo parecido por parte de los que se oponen al cristianismo, Ignacio aconseja: «Permitidles, pues, al menos por vuestras obras, ser vuestros discípulos. Frente a sus iras, vosotros sed mansos; a sus jactancias, vosotros sed humildes; a sus blasfemias, vosotros mostrad vuestras oraciones; a sus errores, vosotros sed firmes en la fe; a su fiereza, vosotros sed apacibles, sin buscar imitarlos.» (Eph. 10:1–2). Es cuando seguimos el ejemplo de Cristo, especialmente cuando somos perseguidos, que la verdad se da a conocer. Tal y como escribe Ignacio: «La obra no es ya de persuasión, sino que el Cristianismo es una cosa de poder, siempre que sea aborrecido por el mundo.» (Rom. 3:3).

La disposición a sufrir que vemos en Ignacio también aparece de manera parecida en la Carta a Diogneto, una apología anónima de la fe del siglo II d. C. Al presentar el cristianismo a Diogneto (claramente un pagano con cierto prestigio), el autor describe el encuentro paradójico de la hostilidad pagana y la beneficencia cristiana:

[Los cristianos] obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y, con todo, hacen ricos a muchos. Tienen necesidad de todo, y aun así viven en la abundancia. Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se habla mal de ellos, y aun así son reivindicados. Son escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad. (Dg. 5:10–17)

El apologista ilustra esta relación entre el cristiano bien intencionado y el mundo hostil con la analogía del alma y el cuerpo:

En una palabra, lo que el alma es en un cuerpo, esto son los cristianos en el mundo. El alma se desparrama por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos por las diferentes ciudades del mundo. El alma tiene su morada en el cuerpo, y, con todo, no es del cuerpo. Así que los cristianos tienen su morada en el mundo, y aun así no son del mundo. El alma, que es invisible, es guardada en el cuerpo que es visible; así los cristianos son reconocidos como parte del mundo, y, pese a ello, su religión permanece invisible. La carne aborrece al alma y está en guerra con ella, aunque no recibe ningún daño, porque le es prohibido permitirse placeres; así el mundo aborrece a los cristianos, aunque no recibe ningún daño de ellos, porque están en contra de sus placeres. El alma ama la carne, que le aborrece; así los cristianos aman a los que les aborrecen. El alma está aprisionada en el cuerpo y, con todo, es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos son guardados en el mundo como en una prisión y, pese a todo, ellos mismos preservan el mundo. El alma, aunque es en sí inmortal, reside en un tabernáculo mortal; así los cristianos residen en medio de cosas perecederas, en tanto que esperan lo imperecedero que está en los cielos. El alma, cuando es tratada duramente en la cuestión de carnes y bebidas, es mejorada; y lo mismo los cristianos cuando son castigados aumentan en número cada día. Tan grande es el cargo al que Dios los ha nombrado, y que miles es legítimo declinar. (Dg. 6:1–10)

Para el autor de la Carta a Diogneto, la forma en que los cristianos toman su posición designada por Dios a pesar de ser perseguidos prueba que su doctrina no es meramente humana:

¿[No ves] que los echan a las fieras para que nieguen al Señor, y, con todo, no lo consiguen? ¿No ves que cuanto más los castigan, tanto más abundan? Estas no son las obras del hombre; son el poder de Dios; son pruebas de su presencia. (Dg. 7:7–9)

Tales cosas sirvieron como prueba a Justino Mártir, filósofo que se convirtió al cristianismo y escribió apologías de la fe al emperador y al senado sobre el año 150 d. C. Habiendo sido previamente platonista y admirador de Sócrates, Justino se convirtió al cristianismo, en parte, al ver que los cristianos no temían a la muerte (2 Apol. 12). Es interesante observar que Justino tenía en alta consideración a Sócrates y afirmaba que Cristo, como el logos, se le había dado a conocer en parte; y que demonios malvados conspiraban en contra de Sócrates por enseñar lo que era recto y verdadero, así como conspiran también contra los cristianos. Sin embargo, Justino reconoce que nadie confiaba tanto en Sócrates como para morir por sus enseñanzas, mientras que «no solo creían [en Cristo] filósofos o sabios , sino también artesanos y personas sin educación que despreciaban tanto la gloria como el temor, y la muerte» (2 Apol. 10).

Como filósofo cristiano, Justino deja claro a las autoridades romanas que los cristianos no entienden la persecución como una forma de cuasi suicidio y, de hecho, escribe sus apologías para que los romanos acaben con el maltrato a los cristianos (lo que sería ignorado, ya que el propio Justino moriría martirizado en el año 165 d. C.). Sin embargo, Justino también deja claro que escribe por amor a los perseguidores mismos, para que puedan escapar del juicio justo de Dios y darles vida, ya que si los perseguidores no escuchan, los cristianos están «convencidos de que por parte de nadie se nos puede hacer daño alguno, mientras no se demuestre que somos obradores de maldad o nos reconozcamos por malvados. Vosotros, matarnos, sí podéis; pero dañarnos, no.» (1 Apol. 2).

Estos testigos del s. II d. C. sirven como aliento e inspiración para los cristianos que viven en una realidad de persecución, como también para aquellos que, hoy en día, practican su fe en un entorno seguro. Para los que han sufrido persecución en primera persona, estos hombres nos animan a reconocer que el camino del sufrimiento ha sido bien conocido por los santos cristianos desde el inicio. De hecho, la grandeza de la fe se hace más evidente cuando se encuentra cara a cara con el odio del mundo, y el sufrimiento de aquellos fue el medio con el que Dios despertó y transformó los corazones de los oponentes paganos. Para los que viven en un entorno seguro, estos testigos tempranos nos inspiran a examinar de qué manera podemos aceptar con gozo aquellas oportunidades, por más pequeñas que sean, que se nos da para sufrir con Cristo en nuestras vidas diarias. Pues es en el sufrimiento que la gloria de Cristo es revelada (Juan 12:23–28) y si sufrimos juntos en Él, también tendremos parte con Él en su gloria (Romanos 8:17).


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Obras citadas

  • Carta a Diogneto.
  • Ignacio de Antioquía, Carta a los romanos.
  • Ignacio de Antioquía, Carta a los esmirniotas.
  • Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios.
  • Justino Mártir, Diálogo con Trifón.
  • Justino Mártir, Primera Apología.
  • Justino Mártir, Segunda Apología.
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