Una teología de lágrimas: lloren con nosotros

Lamentación y esperanza en el Medio Oriente

Traducido del inglés por Catherine Shepherd

El objetivo de este ensayo es presentar una teología de esperanza en medio de las lágrimas. Me centraré en el Libro de Lamentaciones para destacar distintas respuestas humanas a la catástrofe teopolítica que tuvo lugar en 587 aC: la caída de Jerusalén. Los puntos que quiero señalar son simplemente estos: no había quien consolara, no había profeta y no había esperanza. Destacaré a la vez correspondencias importantes con las realidades catastróficas de Palestina y de Oriente Medio. Por último, presentaré unas lecciones importantes que los cristianos deben tener en cuenta en su imaginación profética.

Durante los últimos años y a la luz de la realidad de Oriente Medio he estado estudiando el Libro de Lamentaciones. Las similitudes entre el dolor de unos y otros me chocaron y me conmovieron tanto que escribí el siguiente poema:


Lloren con nosotros

Ahora es tiempo de llorar y de lamentarse, pero no falta esperanza.
Nuestras lágrimas son el puente entre la brutalidad y la humanidad.
Nuestras lágrimas son las puertas saladas que nos ayudan a ver otra realidad.
Nuestras lágrimas se enfrentan a naciones desalmadas y a una reseca mentalidad.
Nuestras lágrimas son la presa que contienen los ríos de animosidad.
Por aquellos que se lamentan, lloren con nosotros para reflejar su amistad.
Por los pobres niños, lloren con nosotros exigiendo sensatez.
Por las madres que lloran, rechacen la violencia y la estupidez.
Amar a sus enemigos y llorar con ellos es el consejo de la divinidad.
Bendecir a aquellos que maldicen es el camino hacia la auténtica espiritualidad.
Derramar lágrimas de misericordia y compasión es la verdadera piedad.
Oren con lágrimas para extender la equidad.
Seguidores de Jesús: llorar es ahora nuestra responsabilidad.
Pero no lloren sólo por sus amigos, sino también por sus enemigos.


Yo tenía muchas dudas existenciales. ¿Qué podemos decir o hacer cuando nuestras ciudades se derrumban y el hambre invade nuestras calles? ¿Cómo respondemos cuando las casas son destrozadas y los niños pequeños son brutalmente asesinados? ¿Qué hacemos cuando los colmillos del mal son como clavos del infierno que nos penetran el alma? ¿Por qué Dios está ausente cuando se desmoronan las infraestructuras cívicas y morales de nuestra sociedad? ¿Por qué Dios nos abandona cuando nuestros lugares santos son profanados y nuestros símbolos religiosos despreciados? El Libro de Lamentaciones reflejaba mis sentimientos y me ayudó a expresar mis frustraciones.* Dice: “Ríos de lágrimas corren por mis mejillas porque ha sido destruida la capital de mi pueblo. Se inundarán en llanto mis ojos, sin cesar y sin consuelo, hasta que desde el cielo el Señor se digne mirarnos. Me duele en lo más profundo del alma ver sufrir a las mujeres de mi ciudad” (Lm. 3:48–51, NVI).

No hay duda de que el Libro de Lamentaciones está lleno de dolor, tristeza y lágrimas saladas. Este libro es muy relevante para nuestra situación actual en Oriente Medio. Puede ser la piedra angular de nuestra teología. Puedo imaginar que la destrucción de Jerusalén en tiempos de Jeremías se asemeja a la Guerra de Al Nakbah en 1948 y a la serie de catástrofes que algunas personas de Oriente Medio experimentan hoy en día.* Tomando como referencia el Libro de Lamentaciones voy a resaltar tres áreas: no hay quien consuele, no hay profeta y no hay esperanza.

Primero, no hay quien consuele.

El Libro de Lamentaciones señala la destrucción de la infraestructura socioreligiosa de la antigua Israel.* El texto describe el asedio de Jerusalén, la hambruna que sufrieron, la invasión por parte de un ejército poderoso, la ejecución de sus líderes, el exilio de su pueblo, el saqueo de sus lugares religiosos y la desaparición de cualquier atisbo de esperanza. Simplemente dice que no hay quien consuele. El Libro de Lamentaciones sigue repitiendo esta declaración: no hay quien consuele (Lm. 1:2, 9, 16, 17, y 21). Afirma que nadie puede ayudar a las personas a afrontar su dolor ni su lastimosa realidad. Nadie les está mostrando misericordia ni compasión, ni ofreciéndoles palabras de ánimo o esperanza en medio de sus problemas. No hay nadie que consuele a los palestinos ni a los sirios ni a los iraquíes ni a otras naciones que están pasando por una situación parecida. Los israelíes no van a resolver sus problemas. Ni el mundo árabe ni el mundo europeo ni el mundo islámico ni las Naciones Unidas los van a ayudar. El mundo los ha abandonado. No hay quien consuele. Y por eso nos lamentamos.

En segundo lugar, no hay profeta.

El texto dice que “ya no hay ley ni profetas, ni visiones de parte del Señor” (Lm. 2:9, NVI). Dios está en silencio y las personas están sufriendo. Esto ha provocado muchas reacciones diferentes. Algunos preguntan, y con razón: ¿dónde está Dios? No cabe duda de que muchas personas en Oriente Medio rechazaron a Dios porque Él no los protegió. Como cristiano prefiero acusar a Dios en lugar de boicotearlo o eliminar su existencia. Algunos creían que Dios los había rechazado. El Libro de Lamentaciones empieza con una pregunta acerca del sufrimiento de la ciudad pero termina con una pregunta sobre soportar el rechazo de Dios. Algunos prefieren el camino de la autocompasión, adoptando una mentalidad de víctima en la que quieren que todas las personas vean su dolor (Lm. 1:12). Algunos prefieren el camino de la venganza (Lm. 1:22; 3:64). Deshumanizan a sus enemigos para que sea más fácil destruirlos. Sin embargo, nosotros como cristianos no podemos dejar a un lado la lógica del amor que nos lleva a buscar la justicia sin abandonar la dignidad humana de todos los habitantes. La venganza no es nuestro camino.

En tercer lugar, el Libro de Lamentaciones describe una realidad en la que no hay esperanza.

Nos recuerda a La Divina Comedia de Dante, en la que escribe sobre una leyenda inscrita en la puerta del infierno. La leyenda reza: “Por mí se va, a la ciudad doliente . . . ¡Oh, los que entráis, dejad toda esperanza!”* En Palestina, Israel, Siria y en muchos otros países de Oriente Medio nos enfrentamos a una tarea imposible al intentar buscar una esperanza política.

Sin embargo, el Libro de Lamentaciones señala que la esperanza no depende de las circunstancias sino de ver la perspectiva divina.

La existencia de una visión profética es indispensable para la existencia de la esperanza. El documento “Kairos Palestina” tiene una voz profética que sigue los pasos de aquellos que declaran la fe, la esperanza y el amor (1 Co. 13:13).* 1 Corintios trata el tema de estas tres virtudes en los capítulos 12–15 y estos terminan con un poderoso mensaje de esperanza que tiene sus raíces en la resurrección de Jesucristo. Además, seguimos los pasos de San Agustín. En su Enquiridión, o Manual, señala que la esperanza nace de la fe.* La esperanza no puede existir sin la fe. Añade que “pero el que no ama, en vano cree, aunque sea verdad lo que cree; en vano espera . . . a no ser que crea y espere también que el amor le puede ser concedido por la plegaria”.* El amor nos une a Dios.* El amor no quiere decir abandonar la justicia, pero sí quiere decir perseguir la justicia con la lógica del amor y no con la venganza. La buena esperanza no puede existir sin fe y amor. El Libro de Lamentaciones dice:

Pero algo más me viene a la memoria, lo cual me llena de esperanza: El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad! Por tanto, digo: «El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!» Bueno es el Señor con quienes en él confían, con todos los que lo buscan. Bueno es esperar calladamente que el Señor venga a salvarnos (Lm. 3:21–26, NVI).

Esta esperanza se confirma y está encarnada en el Libro de Hechos. En el Libro de Lamentaciones Dios causó dolor a Jerusalén y la Jerusalén del siglo I se vengó matando al Mesías de Israel. Sin embargo, el Dios de la Trinidad puso fin a este ciclo de violencia por medio de la fe, el amor y la esperanza. El Padre nos amó y ofreció su único Hijo en la cruz. El Hijo lloró por Jerusalén y sufrió a manos de ella, pero la perdonó y encarnó el camino del amor. Entonces el Espíritu Santo vino a Jerusalén. El Espíritu Santo es quien consuela y quien pondrá fin a nuestro exilio lejos de Dios y nos concederá una visión profética que no esté basada en una realidad etnocéntrica ni limitada a un solo grupo, ya sean griegos o hebreos. En lugar de esto, somos testigos y profetas para el mundo entero (Hecho 1:7–8). Los cristianos de Oriente Medio están siguiendo los pasos de la iglesia primitiva defendiendo la fe, el amor y la esperanza. La esperanza está al alcance de todos los que invocan el nombre del Señor (Hch. 2.21). Nuestro testimonio es indispensable para que la iglesia siga encarnando el poder de la fe, del amor y de la esperanza bíblicos a musulmanes, judíos y otras comunidades de fe. La iglesia multiétnica sigue siendo la mano de Dios para ayudar a los pobres, para desafiar a los poderes opresores, para luchar contra la discriminación y llevar el consuelo de Dios hasta los confines de la tierra. Somos una señal de esperanza.

Algunas lecciones importantes para los cristianos

1. Podemos llorar en medio de las catástrofes.

Lamentarnos no significa no tener esperanza; es algo humano y nos ayuda a mantener nuestra humanidad mientras lloramos con los que lloran. Lloremos juntos y lloremos como una expresión del compromiso de buscar la justicia y la dignidad humana con la lógica del amor.

2. No abandonaremos la buena esperanza.

Todos aquellos que abandonan la esperanza también abandonarán la búsqueda de la justicia. Una mala esperanza conducirá a una venganza suicida, pero una buena esperanza nos recordará la misericordia de Dios y que somos criaturas de pacto y Su pueblo. Los cristianos somos un pueblo de pacto que puede esperar las bendiciones de Dios a pesar de las fuerzas de la muerte. Las estructuras de las injusticias al final se desplomarán porque Babel se caerá y la Jerusalén celestial bajará.

3. Nos comprometeremos con la fe, la esperanza y el amor.

Nuestra esperanza no se trata de tener ilusiones ni de sentir optimismo y no está fundada en el ambiente político turbulento. Está fundada en la naturaleza de nuestro Dios que venció a la muerte, estableció la iglesia de los mártires y prometió estar con nosotros. La esperanza es el puente que nos ayudará a ir de la realidad actual a la realidad que esperamos. Es una fuerza de cambio que rehumaniza a las personas que han sido esclavas de las fuerzas de deshumanización. Sólo puede ser un cambio bueno cuando va acompañado de la fe y del amor y de la sumisión al Espíritu Santo. No sorprende que nuestras voces proféticas de Oriente Medio insisten en la dignidad humana desde la perspectiva de la fe, afirmando que todos los seres humanos han sido creados a imagen de Dios, declarando la lógica del amor y escogiendo la buena esperanza.


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