Estudiantes estudiando la Biblia con BCSU Bulgaria.

Un caso de estudio sobre la Biblia y la autoridad

Decir que comprender el contexto histórico de un pasaje bíblico en concreto es importante para su interpretación es un asunto tan conocido que apenas es meritorio pasar tiempo hablando de ello en profundidad. Sin embargo, hace bien poco que hemos empezado a apreciar al completo el significado crucial que tiene el contexto del lector en el mismo proceso interpretativo. El contexto es como el aire que respiramos, siempre está ahí, rara vez pensamos en él pero no podemos vivir sin él. Es tan natural para nosotros y lo que hacemos que suele resultar invisible. Debido a su calidad de cuasi-invisibilidad podemos tener la impresión de que nuestro contexto no desarrolla un papel importante en nuestros hábitos de lectura y en nuestras decisiones interpretativas. De hecho, esto no podría estar más alejado de la verdad. El contexto impacta nuestra interpretación de la Biblia de una forma más significativa de lo que solemos ver. No solo nos sugiere las preguntas que planteamos, sino que influye en las respuestas que damos.

Permítanme que lo ilustre con un ejemplo específico, uno que es teológicamente complejo a la vez que significativo a nivel práctico. ¿Qué dice la Biblia acerca de cómo debemos reaccionar ante la autoridad?

La forma en la que respondemos a esta pregunta se ve influido por una serie de factores. Uno es si el poder está en nuestras manos. Los que tienen el poder naturalmente piensan que el poder debe ser obedecido. Los pastores tienen una mayor probabilidad de enfatizar versículos como Hebreos 13:17: “Obedezcan a sus dirigentes y sométanse a ellos, pues cuidan de ustedes como quienes tienen que rendir cuentas” (NVI). Al contrario, los miembros de las iglesias que hayan sido víctimas del abuso por parte del liderazgo probablemente busquen consejo en otros lugares.

Nuestras circunstancias sociales y políticas también tienen impacto sobre nuestros pensamientos. Los que viven en sociedades seguras y ordenadas suelen considerar el gobierno como algo positivo. Ofrece orden, seguridad y justicia. Aunque estos fallen de vez en cuando, en general, los beneficios superan con creces los fallos puntuales. La obediencia a la autoridad en estos contextos es imperativa para extender el bien común. La desobediencia lleva a la alteración y el caos. Por tanto, es natural que los cristianos de dichas comunidades acudan a pasajes tales como Romanos 13:1–7 cuando debaten acerca de su actitud frente a la autoridad.

Todos deben someterse a las autoridades públicas, pues no hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él. Por lo tanto, todo el que se opone a la autoridad se rebela contra lo que Dios ha instituido. Los que así proceden recibirán castigo. Porque los gobernantes no están para infundir terror a los que hacen lo bueno sino a los que hacen lo malo. ¿Quieres librarte del miedo a la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás su aprobación, pues está al servicio de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, entonces debes tener miedo. No en vano lleva la espada, pues está al servicio de Dios para impartir justicia y castigar al malhechor. Así que es necesario someterse a las autoridades, no sólo para evitar el castigo sino también por razones de conciencia. Por eso mismo pagan ustedes impuestos, pues las autoridades están al servicio de Dios, dedicadas precisamente a gobernar. Paguen a cada uno lo que le corresponda: si deben impuestos, paguen los impuestos; si deben contribuciones, paguen las contribuciones; al que deban respeto, muéstrenle respeto; al que deban honor, ríndanle honor. (NVI)

En las democracias liberales modernas, por ejemplo, los consejos de Pablo tienen todo el sentido.[1]

Sin embargo, no todas las sociedades son democráticas y liberales. Hay gobiernos opresivos y malvados. No todos los dirigentes son el “terror de la mala conducta”, algunos son la “mala conducta” personificada. Con frecuencia el consejo: “¿Quieres librarte del miedo a la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás su aprobación” no va a funcionar. ¿Cómo leemos la Biblia en este contexto entonces?

Uno de los pasajes que nos puede servir de guía en este tema es el primer capítulo del libro de Éxodo (1:15–21). El faraón ordena a las parteras hebras que maten a todos los varones nacidos al pueblo de Israel y permitir solo que sobrevivan las niñas. En la ideología egipcia, el faraón no solo era el rey, sino que era también el mediador entre la esfera humana y la divina. Era responsable de mantener el orden en el mundo creado. La desobediencia a su autoridad fue un acto de maldad absoluta porque constituía un golpe contra el tejido mismo de la creación (como una traición moderna, pero con consecuencias cósmicas).

Las parteras ignoran la orden real y permiten que vivan los niños varones. Cuando les llama el rey para interrogarlas acerca de su comportamiento, no confiesan abiertamente su desobediencia. En su lugar, fingen que luchan en buena consciencia para desarrollar la instrucción real, pero argumentan que las mujeres hebreas se lo impidieron. Las mujeres habían dado a luz para cuando las parteras llegaban a la casa, haciendo que el asesinato fuera imposible. Por lo que las parteras no solo desobedecían a su gobernante sino que usaban engaños para ocultar su desobediencia y escapar de las consecuencias. En otras palabras, cometían un delito y mentían para ocultarlo. Pero, por hacerlo les alaba el texto y están bendecidos por Dios mismo: “por haberse mostrado temerosas de Dios, les concedió tener muchos hijos” (Éx. 1:21, NVI).

Muchas personas viven en contextos en los que la historia de las parteras moldearía mucho mejor su actitud y sus respuestas a las autoridades que los consejos de Pablo a los romanos. El contexto no solo sugiere las preguntas que le hacemos a la Biblia, pero también condiciona las respuestas que obtenemos.

Hay implicaciones prácticas para una comunidad como IFES. Una red global cristiana como la nuestra facilita el intercambio de experiencias, ideas y enseñanzas a través de las fronteras y continentes. Esto es, en sí mismo, tremendamente enriquecedor e inspirador. Sin embargo, conlleva sus propios retos. Una lectura bíblica nacida y formada en el contexto propio no siempre conecta o se traslada bien a otro contexto. A veces puede imponerles a los cristianos de otros lugares las actitudes y las ideas que no son sencillamente irrelevantes, sino que resultan realmente dañinas. Las interpretaciones con condiciones contextuales que son elevadas a la categoría de verdades universales no construyen ni fortalecen a la Iglesia.[2]

La dificultad recae en que nuestro contexto es como el aire que respiramos. No lo vemos, por lo que no solemos considerarlo. Por eso nos resulta es tan fácil pensar que lo que es correcto para nuestro contexto debe ser correcto para todos los demás. A nosotros nos parece natural y evidente. Lo que es natural para nosotros no es necesariamente natural para los demás. Aprender a leer la Biblia siendo conscientes de nuestro contexto crea el reto dual de la humildad y la precaución; la humildad para que no presupongamos arrogantemente que nuestras opiniones sean automáticamente extensibles a todos, y precaución para que no aceptemos sin crítica todas las cosas que nos llegan de otros países y tierras exóticas.

Publicado bajo una licencia de Creative Commons (Reconocimiento Sin obra derivada).


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