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Maravillarse, aprender y amar:

el humanismo cristiano en la universidad moderna

Traducido por Laia Martinez

La universidad es una institución cultural polémica, exasperante y complicada que elogia la novedad, promueve la rivalidad y recompensa la autopromoción. Siempre lo ha sido. También es una institución beneficiosa, inspiradora y gloriosa que fomenta el florecimiento humano, capacita a las personas para que sirvan a su prójimo y les da más y nuevos recursos con los que alabar a Dios. Siempre lo ha sido. Los lamentos apocalípticos que se quejan de que la universidad es irrelevante, decadente y que se está desintegrando, son tan antiguos como la institución misma, creada hace 800 años. Sin embargo, el viejo pasatiempo de preocuparse por la universidad nos recuerda que esta es una creación cultural. No existe ninguna forma platónica de la universidad ni en lo alto de la escalera de Diotima ni en la de Jacob, sino que se trata de una valioso legado perennemente disputado de la cultura medieval cristiana y moldeado por fuerzas económicas, políticas y sociales. Aun así, existen tradiciones cristianas que han perdurado y nos pueden guiar en nuestra forma de relacionarnos con la universidad y el conocimiento que busca. A continuación, paso a analizar los perfiles básicos de lo que llamo “humanismo cristiano didascálico”.

Tanto en lo personal como en lo profesional, siempre he tenido un interés por la educación y las instituciones académicas. Recuerdo como, en la escuela secundaria, quería entender y justificar mi apetito intelectual por la historia, los números y la literatura. No lo conseguí. Jamás nadie me ofreció un marco suficiente y no pensé en preguntar a nadie, a pesar de ser el hijo de un profesor universitario y de haber crecido en un mundo de instituciones académicas toda mi vida. Después de terminar mis estudios de secundaria, obtuve cinco licenciaturas en tres países diferentes y, finalmente, me convertí en educador, teólogo, experto en ética, decano en un Colegio de Honores de “los grandes libros” y director de un programa único de máster para maestros. Así que siempre he vivido en un ambiente académico. El escritorio que tengo en frente es el de mi niñez, heredado de mi abuela, y, aunque no siempre he sabido qué hacer con él, nunca lo he tenido demasiado lejos.

Entre los libros que tengo esparcidos sobre él, hay cuatro que tratan de la universidad contemporánea. El título de uno de ellos plantea una cuestión importante: “¿Para qué sirven las universidades?”, aunque no consigue ofrecer una respuesta convincente y completamente coherente. Los otros tres se plantean la misma pregunta, pero dan respuestas contrapuestas. Uno sostiene que las universidades deberían producir ciudadanos ideales para una democracia liberal: cosmopolitas, tolerantes, que desconfíen de la tradición y educados para excluir las convicciones religiosas de la esfera pública pero formados para poder movilizar el poder político para fines liberadores. El segundo libro defiende que la educación superior debería evitar el mundo turbio de la política y la moral para producir especialistas disciplinarios que cultivan intereses idiosincrásicos en las torres de marfil de la universidad de investigación. El tercero, somete la educación a un análisis estricto de costes y beneficios e insiste en que la educación debería crear trabajadores cualificados para la economía de mercado que puedan maximizar su potencial para obtener un trabajo remunerado y crear riqueza. Me gusta imaginar estos libros “ladrándose” entre ellos cuando me voy de la oficina cada noche.

Para tener una perspectiva histórica, podría invitar a toda una estantería de libros cuyas páginas corroboran mi afirmación de que las instituciones académicas son legados valiosos y maleables de la cultura humana. Estos libros recuperan la historia de la educación desde la antigua Grecia hasta el auge de la universidad y más allá, pasando por la Edad Media y el Renacimiento. Hablan de los inicios de las escuelas monásticas y catedralicias, la aparición de los eruditos independientes, las reuniones de eruditos en ciudades reales y catedralicias y su sindicalización para fundar un nuevo gremio o “sociedad” llamada universitas magistrorum et scholarium. En ellos, aparecen entretejidas anécdotas sobre conflictos personales, estudiantes libertinos, disturbios violentos, luchas de poder y el incremento de los títulos, tradiciones y costumbres peculiares que asociamos con la universidad. También se narran el nacimiento de incontables ideas, descubrimientos e invenciones que alteraron la forma en que los seres humanos perciben el mundo y a sí mismos. Además de ser una lectura entretenida, esta larga historia demuestra de forma convincente que la educación importa, pues establece cómo las personas y las culturas piensan, aman y viven.

A nivel individual, debemos recordar que la mayoría de los que acaban sus estudios universitarios habrán pasado dieciséis años como mínimo inmersos en planes de estudios, pedagogía y costumbres académicas. Y no saldrán siendo los mismos. A menudo, a los estudiantes que están decidiendo a qué universidad ir les digo que lo primero que deberían preguntarse es: “¿En quién quiero convertirme? ¿Me ayudará esta universidad a convertirme en este tipo de persona?”. Debido a que muchos de ellos son cristianos llamados a amar a su prójimo y a servir al bien común, también les digo que ellos son responsables de las versiones de ellos mismos a los 28, a los 48 y a los 68 años, y de las familias, negocios y culturas que quieran ayudar a crear en el camino. Es por esto que dónde estudiarán y en quién se convertirán importa.

El maestro de quien aprendí casi todo esto fue el humilde teólogo y profesor universitario del s. XVI, Felipe Melanchthon. Fue compañero de Martin Lutero, autor de las Confesiones de Augsburgo y profesor de literatura y lengua griegas en la Universidad de Wittenberg desde 1518 hasta 1560. En mi oficina tengo nada menos que dos retratos de él. Recién llegado a Wittenberg con 21 años, pronunció un discurso titulado “Cómo mejorar los estudios de la juventud”. En este, así como en discursos posteriores, Melanchthon se lamenta de que las universidades contemporáneas habían abandonado a las Musas, descuidado el bien común y entorpecido la formación espiritual, estética, moral e intelectual de los estudiantes. En cambio, los estudiantes estaban enamorados del poder político, buscaban conversaciones sobre temas idiosincrásicos y oscuros y anhelaban “artes malas y lucrativas” que les prometían riquezas. Esto les convertía en personas arrogantes y superficiales y empobrecía a la iglesia, al estado y a la sociedad en general. Melanchthon temía que si la universidad se limitaba a estos tres objetivos (poder político, especialización disciplinaria y acumulación de riqueza), estaba arriesgando el humanum, o humanidad, de los estudiantes y las culturas humanas que estos podían crear. Está claro que el debate educativo que se lleva a cabo en mi escritorio no es algo nuevo. Más tarde, Melanchthon pasó su vida enseñando a estudiantes en su casa, dando clases en la universidad, escribiendo comentarios y libros de texto, intercediendo ante los ayuntamientos y, finalmente, fundando o reformando al menos setenta escuelas y universidades mientras enviaba a sus estudiantes a enseñar por toda Europa. No debería sorprendernos que sus contemporáneos se refirieran a él como el “padre de los hombres más instruidos” y el Praeceptor Germaniae, o “maestro de Alemania”.

Al contrario de muchos educadores, a Melanchthon le interesaban las personas en su totalidad, es decir, la formación práctica, espiritual, estética, moral e intelectual de sus estudiantes universitarios. Para él, el telos de la educación y el telos de la naturaleza humana deben alinearse para que la educación contribuya al florecimiento global tanto de las personas como de las instituciones. Es por esto que su plan de estudios no solo incluía las Escrituras y las grandes obras de la historia, la literatura, la teología, la ética y la filosofía, sino también disciplinas matemáticas como la física, la geometría, la astronomía y unas ciencias económicas incipientes, así como ciencias naturales como la anatomía, la fisiología, una psicología temprana y otra de sus pasiones, la medicina. Según Melanchthon, todas las artes y ciencias son un regalo de Dios para beneficiar a la humanidad y estudiarlas es una forma de santidad. Quería que toda la humanidad de sus estudiantes fuera fomentada tanto en las aulas como en la capilla.

Melanchthon encuentra su lugar en una larga tradición que se remonta hasta Alcuino de York, Rabano Mauro y Casiodoro, entre otros, pasando por Erasmo de Róterdam y Hugo de San Víctor. Forma parte de una tradición que continúa, pasando por Calvino y Comenio, hasta llegar a John Henry Newman, Dorothy Sayers, Stratford Caldecott y muchos, muchos más. Esta tradición, en la que yo mismo me sitúo, podría describirse, a grandes rasgos, como el “humanismo cristiano didascálico”. No se trata de un “humanismo” secular moderno que desprecia la convicción religiosa, ni tampoco es, simplemente, el Humanismo del Renacimiento italiano. El humanismo cristiano didascálico trata la preocupación perenne por la cultura y el conocimiento humanos y humanitarios, la formación integral de los estudiantes, el florecimiento completo de las personas y las comunidades, y la alabanza al Dios trinitario, a través del cual, por el cual y para el cual todas las cosas fueron creadas.

Esta venerable tradición se caracteriza por varios rasgos distintivos. Juntos, estos me ayudan a responder a las preguntas que tenía cuando era un adolescente sobre el valor del aprendizaje y la educación. Los profesores y estudiantes cristianos que buscan un marco conceptual para dar sentido a sus apetitos intelectuales, años en la universidad o carreras académicas podrían empezar por aquí.

La maravilla

A pesar de que son muchas las cosas que pueden despertar el apetito intelectual, a menudo lo provoca algo que nos deja maravillados y estupefactos, la experiencia humana básica de quedarnos atónitos o perplejos por algo y querer descubrir qué es y por qué es de esa manera. Pero no estoy hablando de la “maravilla” del Maravilloso Mundo de Disney que tanto me entretuvo cuando era un niño. El caso paradigmático de la “maravilla” es aquel israelita culto que se quedó perplejo al ver una zarza que ardía pero que nos se consumía y que se dijo a sí mismo: “¡Qué increíble! Voy a ver por qué no se consume la zarza” (Éxodo 3:3). También lo es el recién convertido Agustín, quien exclamó: “Solo amo a Dios y al alma, dos cosas que ignoro”, y se pasó el resto de su vida descubriendo ambos.[1] O Melanchthon, un astrónomo aficionado, que escribió: “¿Quién tiene el corazón tan duro… que, al mirar al cielo y contemplar las estrellas más hermosas que hay en él, no se maraville alguna vez de estas alteraciones variadas… y desee conocer el rastro… de sus movimientos?”[2] Y si no son las estrellas, podríamos considerar el ojo humano. El ojo humano no necesita 120 millones de bastones y seis millones de conos para poder ver, aproximadamente, siete millones de colores. No es necesario que haya 10 000 especies de pájaros, 400 000 tipos de escarabajos o cien mil millones de planetas en la Vía Láctea. El universo seguiría existiendo sin el pulpo dumbo, el pichiciego o la rata topo desnuda y, pese a eso, allí están, junto con los jeroglíficos egipcios, las máscaras de Benín, Machu Picchu y la Divina comedia de Dante. En nuestras almas y en el mundo existe el caos y el desorden, y también nos maravillamos sobre esto.

Esta investigación de la maravilla es el principio del conocimiento, pues, como la fe del teólogo, busca entendimiento. Además, se trata de una maravilla “santa” cuando la persona la experimenta coram deo, ante Dios, a la vez que reconoce su lugar finito dentro de la espaciosa creación.

El aprendizaje

Sin embargo, no solo nos maravillamos de una forma pasiva ante un fenómeno, sino que también queremos dejar a un lado las apariencias y entender las causas. La maravilla nos abre el apetito de aprender y es por esto que la tradición sostiene el aprendizaje como una de las formas más importantes para participar en el mundo. Caminamos por el mundo, lo vemos, comemos su fruto, respiramos su aire, conocemos a sus habitantes y hacemos cosas con él. También nos maravillamos ante él y queremos entenderlo, entrar en él con nuestras mentes así como con nuestras manos y ojos. Es por esto que el aprendizaje es un bien de las criaturas que satisface nuestra naturaleza, nos deleita y nos ayuda a sentirnos más como en casa en los espacios y lugares que ocupamos. En el mejor de los casos, las escuelas nutren esta maravilla y enseñan a los estudiantes cómo aprender.

Sin embargo, los humanistas cristianos discálicos también nos recuerdan que el apetito intelectual puede trastornarse. Es por esto que nos advierten que nos mantengamos lejos del vicio moral de la curiositas, el cual hace un mal uso del intelecto al buscar el conocimiento a través de medios desordenados, como la manipulación o las trampas; lo busca para fines desordenados como la propaganda, la violencia o el prestigio; codicia el conocimiento como si fuera el bien supremo o abandona actividades y estudios más provechosos por otros que lo son menos. Es lo que impulsa el cotilleo, la prensa sensacionalista, la carrera utilitaria y la persona a quien le importan más las apariencias que la sabiduría. Tomemos, por ejemplo, a Adán y a Eva, Ícaro, el Ulises de Dante, el aprendiz de brujo, Dr. Fausto, la sirenita de Hans Christian Andersen y, como no, el gato proverbial de Sydney Hauser. La virtud opuesta es lo que, a veces, se llama studiositas, una virtud moral que dirige el apetito intelectual hacia buenos fines a través de medios ordenados. Describe un deseo agradecido y humilde de conocimiento que respeta lo que ya se conoce y desea un conocimiento que nutra el florecimiento tanto humano como no humano. Lo dirige el amor, no la codicia.

El amor

Una forma en que la tradición resiste a la curiositas es entendiendo el aprendizaje como una forma de amar y servir al prójimo, tanto el que está cerca como el que está lejos. Ello se basa en la creencia de que Dios ama y desea el bien para todas las sociedades y grupos, pero que raramente elige estar aislado de nosotros. Dios capacita y llama a su pueblo a usar sus dones, pasiones y posibilidades para que colaboremos con él. Es por esto que la tradición entiende el aprendizaje como un medio importante, aunque ordinario, a través del cual podemos amar a nuestro prójimo y “conservar” nuestro mundo como si se tratase de un jardín bien cuidado. Así, no solo nos preguntamos cómo nos puede beneficiar la educación, sino también cómo podemos usarla para beneficiar a otros.

Evidentemente, no todo lo que aprendemos tiene que canalizarse para ponerse en práctica inmediatamente y no toda buena obra requiere un conocimiento avanzado. Pero algunas sí lo requieren. Por ejemplo, una cosa es protestar sobre la trata de personas con una pancarta y otra muy diferente, convertirse en un abogado defensor de los derechos humanos que enjuicia a los traficantes internacionales. Una cosa es consolar a un paciente terminal de cáncer y otra, obtener estudios universitarios en células madre pluripotentes para curar el cáncer. Ambas obras en cada pareja de ejemplos son buenas, pero solo una persona que ha sido formada tiene la libertad de llevar a cabo la segunda obra de amor. Todas las personas pueden verse empobrecidas y amenazadas de muchas maneras, no solo física y económicamente, sino también en el ámbito intelectual, cultural, moral, estético y espiritual. Es por esto que la tradición cristiana nos lleva a considerar cómo nos capacita el aprendizaje para ser sal y luz allí donde sean necesarios y de todas las formas que sean posibles. Hacerlo es apropiarnos de la maravillosa frase de Hugo de San Víctor: “Uno no tiene para sí mismo ni aquello que solo él tiene”.[3]

La alabanza

Finalmente, la maravilla, el aprendizaje y el amor deberían ser enmarcados por la alabanza y llevarnos a alabar a Dios, quien, en su gracia, nos da la oportunidad de explorar el mundo, conocerlo, hacer cosas con él y morar juntos en él. Hugo relaciona el conocimiento con la alabanza cuando insiste que “la criatura racional no alabaría a Dios en toda Su obra si no conociera toda la obra de Dios”.[4] El saber nos permite alabar. Nos da más razones por las que alabar a Dios y más deseo de hacerlo. El hecho de adoptar una postura en la cual uno puede alabar rápidamente con cualquier medio que le sea accesible prepara cada observación, descubrimiento, percepción, placer o persona para ser un canal para nuestra adoración. Además, según varios representantes de esta tradición, estos momentos de maravilla, aprendizaje, amor y alabanza anticipan el placer escatológico de la vida eterna en el nuevo cielo y la nueva tierra.

Es posible que a un estudiante somnoliento a quien le está costando terminar un trabajo o a un profesor que ha pasado horas en una reunión sobre normas, todo esto le suene un poco grandilocuente Incluso me lo parece a mí, mientras edito este párrafo. Aun así, no deberíamos asumir que la realidad se manifiesta plenamente en la apariencia. La fe cristiana nos enseña a ver a los seres humanos como imágenes de Dios, la inmersión en un río como morir y resucitar, y la iglesia como el cuerpo de un Cristo cósmico. Es por esto que no deberíamos desechar demasiado pronto la sugerencia de que las escuelas, facultades y universidades pueden ayudar a las personas a ser más plenamente humanos, prepararlas para la eternidad, amar al prójimo y alabar a Dios. Espero que tanto los profesores como los estudiantes cristianos encuentren su lugar en esta antigua tradición de humanismo cristiano didascálico y se recuerden unos a otros que las aulas pueden ser lugares santos, donde se compartan sacramentos del gozo escatológico e, incluso, un escritorio para niños inundado de libros puede convertirse en un lugar de una profunda alabanza.


Preguntas para debatir

  1. En el lugar donde vives, ¿cuándo están las universidades en su mejor momento? ¿Y cuándo están en el peor?
  2. ¿Qué significa ser un humanista cristiano? ¿Es posible una cosa como esta?
  3. ¿Cuándo te sientes maravillado del mundo? ¿Qué impide o dificulta que te maravilles?
  4. ¿Cómo puede aprender alguien con humildad y gratitud? ¿Cómo puede aprender alguien de forma vil y pecaminosa? ¿Cómo sueles aprender tú, con gratitud o de forma pecaminosa?
  5. ¿Cómo puede Job 36-41 nutrir una forma humilde de aprendizaje?
  6. ¿Cuándo se convierte el aprendizaje en una forma de amor y servicio? ¿Cuándo el aprendizaje no busca amar o servir? ¿Muestra amor, tu forma de aprender?
  7. ¿Cómo puede el conocimiento llevar a alguien a alabar a Dios? ¿Te lleva el aprendizaje a la alabanza?
  8. ¿Cómo muestran Génesis 1-2 y los salmos 104 y 148 la postura que adopta el erudito en relación con sus estudios?
  9. Daniel 1 describe a cuatro israelitas que demostraron tener “aptitudes para aprender de todo” y que eran “sabios” y “aptos para el servicio.” ¿Qué puedes aprender de su experiencia de recibir la educación de élite de los babilonios en lengua, literatura y aprendizaje durante tres años?
  10. ¿Afecta a tu modo de relacionarte con el mundo el hecho de que este fue creado en y por medio del Hijo de Dios? (Juan 1:1-3; Colosenses 1:15-17; Hebreos 1:1-4)

Lecturas sugeridas

  • Hugo de San Víctor. Didascalicon de studio legendi: el afán por el estudio. Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia: Biblioteca de Autores Cristianos, 2011.
  • Melanchthon, Felipe. Philip Melanchthon: Orations on Philosophy and Education. [Felipe Melanchthon: Discursos de filosofía y educación] Editado por Sachiko Kusukawa. Traducido al inglés por Christine F. Salazar. Cambridge: Cambridge University Press, 1999).
  • Axtell, James. Wisdom’s Workshop: The Rise of the Modern University.[El taller de sabiduría: La subida de la universidad moderna] Princeton, N.J.: Princeton University Press, 2016.
  • Caldecott, Stratford. Beauty for Truth’s Sake: On the Re-Enchantment of Education. [La belleza por causa de la verdad: Sobre el reencantamiento de la educación] Grand Rapids, Mich.: Brazos Press, 2009.
  • Griffiths, Paul J. Intellectual Appetite: A Theological Grammar. [Apetito intelectual: Una gramática teológica] Washington, D.C.: Catholic University of America Press, 2009.
  • Pedersen, Olaf. The First Universities: Studium Generale and the Origins of University Education in Europe. [Las primeras universidades: Studium Generale y los orígenes de la educación universitaria en Europa] Cambridge: Cambridge University Press, 1997).

Notas al pie

[1] San Agustín, Los soliloquios II.7, in Augustine: Earlier Writings [San Agustín, obras tempranas], ed. y traducido al inglés por J. S. H. Burleigh (Louisville: Westminster John Knox Press, 2006).

[2] Melanchthon, “Preface to On the Sphere,” [Introducción a En la esfera] en Sachiko Kusukawa, ed., Philip Melanchthon: Orations on Philosophy and Education [Felipe Melanchthon: discursos de filosofía y educación], traducido al inglés por Christine F. Salazar (Cambridge: Cambridge University Press, 1999), 106.

[3] Hugh of Saint Victor on the Sacraments of the Christian Faith: De Sacramentis, [Hugo de San Víctor sobre los Sacramentos de la fe cristiana: De Sacramentis] traducido al inglés por Roy Deferrari. (Eugene, OR: Wipf & Stock, 2007), II.ii.2.

[4] De Sacramentis, I.VI.v.

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