Respuesta: La migración vista a través de la fe

Robert Heimburger muestra un buen instinto bíblico al relacionar los dos textos principales de su argumento: Deuteronomio 10 y 1 Pedro. Ambos textos tratan un tema bíblico que tristemente suele ser ignorado (la preocupación práctica de Dios por los extranjeros, migrantes y refugiados),
o demasiado espiritualizado (la vida cristiana es un peregrinaje espiritual a través de un territorio extranjero hasta que llegamos a otro sitio: “Este mundo no es mi hogar, tan solo estoy de paso…”). Y por ello nos vemos como extraños para con este mundo y dejamos de lado a los verdaderos extranjeros que Dios ha puesto entre nosotros y que nos llama a cuidar.

Como Heimburger señala, estos dos pasajes representan solamente una mínima parte de las pruebas bíblicas que encontramos sobre este tema. Israel nunca olvidó sus orígenes como una nación de esclavos fugitivos, su vulnerabilidad en el desierto e incluso el estado errante de sus antepasados más antiguos. “Mi padre fue un arameo errante…” son las primeras palabras de la liturgia del festival anual de la cosecha (Dt. 26:5). Esto demuestra que la fuerte exigencia ética que existía en sus leyes de ejercer la compasión y la justicia hacia los extranjeros e inmigrantes tenía una robusta base histórica y teológica. Debían comportarse con estas personas como Dios se comportó con ellos en estas mismas circunstancias. Dicho principio se desarrolla a lo largo de todas las enseñanzas de Jesús y del Nuevo Testamento a muchos niveles.

La fortaleza de este principio se materializa en el mandamiento del amor que encontramos en el Pentateuco. Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mayor mandamiento de la ley, respondió que eran dos: amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas (de Deuteronomio 6:5) y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (de Levítico 19:18). Estos constituyen dos de las cuatro ocasiones que aparece el tiempo verbal weāhabtā (“y deben amar / y amarán / y tienen que amar…”) que encontramos en el Antiguo Testamento. El objeto del amor en estos dos casos son Dios y nuestro prójimo, respectivamente. Pero Deuteronomio y Levítico usan este tiempo verbal una vez más y en ambos casos dicen “amarás al extranjero” (Dt. 10:19, que cita Heimburger; y Lev. 19:34). De hecho, Levítico 19 hace un paralelismo deliberado entre el versículo 18 (“Ama a tu prójimo como a ti mismo”), y el versículo 34 (“Ámenlo [al gēr] como a ustedes mismos”). Uniendo todo esto, nuestro amor por el extraño/migrante/extranjero se pone al mismo nivel que nuestro amor por nuestro prójimo, y tanto Jesús como la ley del Antiguo Testamento consideran que ambos tienen una relación esencial con nuestro amor por Dios y que son un requisito de este amor.

Ahora, cuando conectamos este lenguaje bíblico con el tema al que nos enfrentamos hoy en día, nos encontramos inmediatamente con el contraste de la escala. Seguramente habrá una diferencia entre el “extranjero entre sus puertas”, es decir, un número pequeño de extranjeros residentes en medio de la sociedad de Israel, por una gran variedad de motivos, y los millones de refugiados y migrantes de nuestro mundo actual. Más refugiados han huido de la devastación de Siria que la población entera del Israel bíblico. La cuestión es, ¿elimina nuestra responsabilidad, o simplemente la magnifica, dado que el principio y el mandamiento siguen siendo inmutables?

Incluso si asumimos la segunda visión (que aún tenemos la responsabilidad de amar al extranjero), el medio por el que lo hacemos es muy diferente al Israel bíblico, y plantea una gama entera de complicaciones políticas, económicas, legales y religiosas. Si los países tienen derecho a protegerse de la invasión militar o el imperialismo cultural y económico, ¿tienen también derecho a controlar sus fronteras ante las oleadas de refugiados? Pero, ¿qué derechos tienen los refugiados si todas las tierras y todos los países, y de hecho el mundo entero, pertenecen al Señor, que nos llama a cuidar de los necesitados sin considerar las fronteras? El tema es complejo y requiere una consideración detenida, pero no podemos desechar las enseñanzas bíblicas solamente porque el problema se haya hecho mucho mayor. Y estos movimientos masivos de refugiados huyendo de la guerra no eran desconocidos en los tiempos bíblicos. El pequeño y olvidado libro de Abdías condena al pueblo de Edom por su respuesta inhumana e insensible a los refugiados de Judá que huían del hambre, la brutalidad y la destrucción que los babilonios infligieron a su ciudad. Es difícil leer ese libro (o predicar acerca de él, como tuve que hacer yo en el punto álgido de la crisis de refugiados en Europa en el verano de 2015), sin pensar en el terrible trato que están recibiendo algunos de estos refugiados en algunas partes de la llamada Europa “cristiana”.

Lo que más me incomoda cuando el tema de los migrantes y refugiados se debate en algunos países occidentales es la descarada hipocresía de la retórica que se utiliza. La mayoría de las naciones occidentales han vivido siglos de inmigración. Algunos, como Estados Unidos y Australia, son lo que son hoy en día a resultas de la inmigración, a veces empapada de sangre y opresión. Áreas enteras de la economía nacional del Reino Unido no podrían funcionar si no fuera por la mano de obra importada a todos los niveles. Sin embargo, algunas voces políticas en estos países y sus políticas quieren subir el puente levadizo y mantener a los demás fuera. También está la hipocresía del lenguaje utilizado. Por ejemplo, ¿por qué se les llama “expatriados” (“expats” en inglés) a los británicos que han ido al extranjero en busca de mejores oportunidades económicas, mientras que aquellos que vienen a nuestro país buscando eso mismo se ven denigrados como “inmigrantes”?

También hay una hipocresía implícita en la falta de cualquier perspectiva histórica. Hace quinientos años, los europeos decidieron emigrar. Se extendieron en masa por todo el mundo, a veces conquistando, otras colonizando, o ambas cosas. No pidieron permiso, ni necesitaron visados. Solo fueron, tomaron y se quedaron. Durante siglos. Y ahora el mundo lo devuelve. Una trágica cantidad de las crisis (no todas) en las regiones destrozadas por la guerra tienen sus orígenes en las injusticias históricas del expansionismo y colonialismo europeos, la esclavitud, el expolio de África y después de Oriente Medio tras la Primera Guerra Mundial y otros males que se han perpetrado en el mundo. Debemos admitir que tales reflexiones no ayudan demasiado a la búsqueda de soluciones para los graves problemas de millones de refugiados entrando en Europa desde la guerra civil del islam en Oriente Medio, pero al menos deberían generarnos cierto nivel de humildad y reducir esa superioridad moral a la hora de hablar de este tema, y deberían motivarnos a orar por ello.

La universidad debe ser el lugar donde estas perspectivas históricas y éticas se compartan y se afronten. Por tanto, los estudiantes universitarios cristianos tendrán sin duda un papel estratégico influyendo en la retórica y en el debate. Deben luchar para evitar que esta retórica caiga muy bajo y se convierta en algo racista y xenófobo, que es lo que parece haber ocurrido con las actitudes sin sentido del pueblo y hasta con el discurso político que supuestamente debemos tomarnos en serio.

Mi reflexión final se plantea qué puede aportar una perspectiva misionera a este tema. La Biblia nos muestra que Dios es soberano sobre los movimientos de la gente de todo el mundo. Las notas geográficas de Deuteronomio 2 lo demuestran (como señala Heimburger). Y parece que cuando la gente se mueve, Dios está especialmente activo entre ellos y entre la gente y los lugares a los que migran. Así que la pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿cómo y dónde discernimos el reinado soberano de Dios -el reino de Dios- en medio de esta crisis migratoria y de refugiados en todo el mundo? Es un hecho que un número sorprendente de musulmanes, hasta ahora inalcanzados y virtualmente inalcanzables para el testimonio cristiano del evangelio, se están convirtiendo en seguidores de Jesús el Mesías, gracias a los actos de amor y las palabras de las personas, familias e iglesias cristianas en los países a los que han huido. Sé que esto es una realidad para varios amigos míos cristianos en el Líbano, por ejemplo.

Debo decir inmediatamente que las causas para la migración forzosa son viles en sí mismas, sean por guerra, persecución religiosa, pobreza extrema e insostenible, o desastres naturales como sequías, hambrunas, inundaciones o la subida de los niveles del mar. Decir que Dios puede estar trabajando entre las personas sufriendo tales males y que puede usar sus circunstancias como un medio para traer bendición a través del evangelio NO implica que Dios haya provocado tales males para ese propósito o que las circunstancias sean “buenas” de alguna forma. No, el mal es el mal, el sufrimiento es el sufrimiento, y no puede justificarse o excusarse jamás porque algo bueno haya salido de ello. Tampoco nos exime de la responsabilidad de abogar a favor de la justicia y la paz y de amar al extranjero. Pero las palabras de José a sus hermanos parece expresar una teología muy profunda de la providencia soberana de Dios sobre todo lo que es malo, y el poder de Dios para transformar intenciones y acciones malas en cosas buenas. “Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente.” (Gen. 50:20 — dicho significativamente e irónicamente a sus hermanos cuando, por hambre, se convirtieron en refugiados en el mismo país al que habían vendido a José como esclavo). El poder de Dios de superar al mal con su amor y gracia soberanos y de usar el mal para su propia destrucción definitiva se demuestra de forma suprema en la cruz, que debe permanecer en el núcleo de nuestra respuesta a este tema, o a cualquier otro. Por lo tanto, podríamos argumentar que la perspectiva misionera de esta crisis nos llama no sólo a la acción en defensa de las victimas y a la oración por los que obran para traer paz y justicia, sino también a orar y a discernir la mano de Dios, estando preparados para asir las oportunidades de dar testimonio del evangelio que Él ponga en nuestro camino por medio de su gobierno global oculto y misterioso.


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