Respuesta: Preguntas fundamentales que debemos hacer sobre la crisis migratoria en Europa

El tema de la migración se ha convertido en una crisis intratable que incluso amenaza la existencia de la Unión Europea. Ya ha puesto en tela de juicio el Acuerdo de Schengen porque varios países de la UE han vuelto a establecer controles de frontera. Las personas que viven en Europa (incluyendo a los cristianos) se encuentran divididos ante este tema candente. Algunos se muestran abiertos y ven bien que los migrantes vengan pero otros se muestran profundamente hostiles a esta “invasión” islámica encubierta.

El artículo de Robert Heimburger, “La migración vista a través de la fe: el pueblo de Dios, las tierras nacionales y las universidades” se atreve a abordar este tema desde una perspectiva bíblica. Tiene en cuenta dos textos clave que el autor, de forma acertada, pone en paralelo: Deuteronomio 10 (versículos 12–22) y 1 Pedro (1:1, 17; 2:4–5, 9–11). Así como se describe al pueblo de Dios en el Antiguo Testamento como un pueblo migrante, el pueblo de Dios en el Nuevo Testamento también lo es (es decir, la Iglesia). Incluso Dios mismo se describe como “un Dios migrante” al prometer que estará con ellos durante su éxodo desde Egipto a Canaán (Deuteronomio 1:31–33). La presencia divina con los inmigrantes se cumple en Jesús, quien se identifica con ellos, tanto que dice: “Fui forastero, y me dieron alojamiento” (Mt. 25:35).

El pueblo de Israel estaba llamado a amar a los que vivían entre ellos y que no eran judíos, por tres razones principales: una razón teológica (Dios ama a los inmigrantes); una razón histórica (los israelitas fueron inmigrantes en Egipto); y una razón moral (los extranjeros son los habitantes más vulnerables de la tierra). Todo esto queda maravillosamente reflejado en Deuteronomio 10: “Él defiende la causa del huérfano y de la viuda, y muestra su amor por el extranjero, proveyéndole ropa y alimentos. Así mismo debes tú mostrar amor por los extranjeros, porque también tú fuiste extranjero en Egipto” (versículos 18–19). Los israelitas deben amar a los extranjeros de forma práctica porque es través de ellos que Dios provee “ropa y alimentos”. Amar a los migrantes también significa, entre otras cosas, respetar sus derechos, aplicarles los mismos derechos a ellos que a los israelitas e invitarlos a compartir sus fiestas religiosas.[1] Los requisitos de Dios para cuidar a los extranjeros y tratarlos de forma justa son tan fuertes que su juicio contra los israelitas viene motivada por la explotación que llevan a cabo de los miembros más débiles de la sociedad. Él mismo testificará “contra los hechiceros, los adúlteros y los perjuros, contra los que explotan a sus asalariados; contra los que oprimen a las viudas y a los huérfanos, y niegan el derecho del extranjero” (Mal. 3:5).

Este artículo no llega a sugerir que Dios acompaña a los migrantes de hoy en día, la mayoría de los cuales son musulmanes. Pero al igual que el amor de Dios por los migrantes no tiene nada que ver con su etnia o identidad religiosa, podemos creer que Dios ama a los migrantes de hoy en día hasta el punto de estar presentes con ellos en su viaje, que a menudo es hasta peligroso para su vida. El éxodo de Israel desde Egipto es bastante singular pero no quiere decir que Dios dejaba a un lado a otros pueblos: “Israelitas, ¿acaso ustedes no son para mí como cusitas?” afirma el Señor. “¿Acaso no saqué de Egipto a Israel, de Creta a los filisteos y de Quir a los sirios?” (Amós 9:7).

Tenemos que preguntarnos cómo entra dentro de los planes de Dios la oleada sin precedentes de inmigración pacífica musulmana a una Europa que históricamente tiene raíces cristianas. ¿Tiene planeado agitar las tradiciones, culturas y política de Europa? ¿Ha comenzado una revolución espiritual en “la casa del islam”? ¿Dios está desafiando a la Iglesia para que lleve a cabo el mandamiento de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, que Jesús ilustra de forma maravillosa en la parábola del buen samaritano? En lugar de eludir la cuestión religiosa que existe detrás de la migración actual, es crucial que los europeos en general y los cristianos en particular aborden este tema directamente y tengan una visión renovada y bíblica del islam y de los musulmanes. Seguramente va a requerir un esfuerzo muy grande porque mucha gente ignorante y a menudo llena de prejuicios asocia el islam con el terrorismo. Es comprensible que exista esta percepción errónea de esta religión: refleja el interés legítimo de los medios de comunicación en los acontecimientos excepcionales y dramáticos que ocurren como las acciones violentas del llamado Estado Islámico y otros grupos terroristas. Sin embargo, esta imagen distorsionada de la segunda religión más grande del mundo no concuerda con su enseñanza general ni con la gran mayoría de sus seguidores.

En torno a la crisis migratoria surgen otros temas delicados y controvertidos. ¿Los inmigrantes ilegales deben ser repatriados a menos que realmente sean refugiados? ¿Qué ocurre con los inmigrantes por razones económicas? ¿Deben ellos ser deportados si proceden de los países más pobres del mundo? ¿Es justo que los países anfitriones definan su política de inmigración basándose en las necesidades egoístas de tener trabajadores capaces y personas de negocios con éxito, o, lo cual es aún peor, en la etnia o religión de las personas? ¿Europa y los Estados Unidos tienen alguna responsabilidad en esta crisis a causa de su necia política de exteriores en Oriente Medio y más allá (especialmente Afganistán, Iraq, Israel y Siria)? ¿Deben rendir cuentas a causa de su papel predominante en el injusto orden económico mundial que oprime a los países en vías de desarrollo más pobres?

Los estudiantes universitarios tienen muchas oportunidades de conocer y hacerse amigos de otros estudiantes de todo el mundo. Los estudiantes supuestamente desconfían menos de los extranjeros, tienen menos miedo a lo desconocido y están más abiertos al pensamiento crítico. ¿Los estudiantes cristianos, al seguir a Cristo y sus enseñanzas, asumirán una posición de liderazgo para convertir la crisis migratoria (con todo lo que conlleva) en nuevas oportunidades de llegar a los estudiantes internacionales que viven cerca de ellos? ¿Demostrarán que el amor de Dios es para todos, incluso para los extranjeros, “porque con Dios no hay favoritismos” (Ro. 2:11)?


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[1] Ver “Love the Immigrant as Yourself”. En Faith to Faith: Christianity & Islam in Dialogue, 283–89. Leicester: Inter-Varsity, 2001.

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