Una responsabilidad de todos

La agresión sexual en el campus y el perdón barato

Traducido del inglés por Laia Martínez

El sexo no es ni puede ser la “responsabilidad de uno mismo” ni tampoco un problema privado de la pareja. El sexo, como cualquier otro poder necesario, valioso y volátil que se pueda tener, es responsabilidad de todos.
– Wendell Berry, “Sex, Economy, Freedom, and Community”[1]

En On Photography, Susan Sontag cuenta la impresión que le produjo ver imágenes de los campos de concentración nazis por primera vez. Tenía doce años. Más tarde, afirmó sobre su experiencia: “Nada de lo que he visto (en fotografías o en la vida real) me ha impactado de una forma tan brusca, profunda e instantánea. Podría perfectamente dividir mi vida en dos partes: antes de ver aquellas fotografías…y después”.[2] Sontag lo llama “epifanía negativa”. Yo viví algo parecido cuando vi por primera vez una representación de la violencia sexual. Mi vida podría dividirse en dos partes; antes de ver una violación escenificada y después. Tenía dieciséis años cuando fui al cine para ver Tiempo para matar con mi novio. La película retrata la brutal injusticia sexual y racial del sur de Estados Unidos. Mi novio fue a comprar unas palomitas y me quedé sola viendo esa escena desgarradora. Empecé a temblar y a sentir náuseas. Me alegré cuando el padre de la niña mata a disparos a los violadores. Más tarde, mi novio me acompañó hasta el coche y me dijo que su madre había sido violada de joven, como diciendo que las personas sobreviven. No me ayudó. Fue una epifanía negativa que redefinió por completo mi imaginación sobre el mundo. Sin embargo, pasaron muchos años hasta que entendí tanto la prevalencia como la dinámica insidiosamente inculturada de la violencia sexual, y me di cuenta de que debería estar agradecida de que sólo la hubiera visto en películas y no en la vida real.

“Sabes que las clases ya han comenzado cuando empiezas a recibir correos electrónicos denunciando agresiones sexuales en el campus #mihijanovaairalauniversidad.” Esta fue mi actualización de estado una semana después de empezar el semestre de otoño de 2016. Un amigo respondió: “Quizás la etiqueta debería ser #mihijonovaairalauniversidad.” El año siguiente fue un período importante para la reflexión en los Estados Unidos, con memes cómo #metoo (#yotambién) y #timesup (#seacabóeltiempo) apareciendo por todos los medios de comunicación. Es bien sabido que la violencia sexual (y, de modo más integral, la violencia de género) es un problema global de proporciones espantosas. La Organización Mundial de la Salud informa que más de un tercio de las mujeres de todo el mundo han sido víctimas o bien, de la violencia física o sexual por parte de su compañero o bien, de la violencia sexual por parte de una persona que no era su pareja; y casi un 40% de los “asesinatos de mujeres han sido cometidos por su compañero”.[3] Nos imaginamos las universidades como lugares de privilegio y de descanso lejos de esta realidad espantosa. La pequeña y encantadora facultad donde estudié estaba diseñada para que fuera una comunidad cerrada para que los de fuera no pudieran pisar el denso y cuidado césped. Supongo que ello consolaría de alguna forma a mis padres cuando dejaban a su única hija en la universidad. Sin embargo, cuando atendí a mi primer “fin de semana en la playa” de la fraternidad con un grupo de amigos, mi padre me dijo medio en broma: “Cómprate una pistola taser y apunta bajo”.

Ahora soy profesora. Para la primera tarea de cualquier curso de ética aplicada, pido a los estudiantes que practiquen leyendo sus propias acciones. Les pido que piensen en alguna situación cotidiana en la que se encuentran a menudo y que identifiquen las diferentes categorías morales que vayan encontrando en su razonamiento. Las acciones hablan y producen un mensaje o texto. Si es así, podemos leerlas, interpretarlas y cuestionarlas. Lo que pasa con nuestras acciones es que tienden a tener patrones, y es especialmente estos patrones, las repeticiones, los que comunican algo. Cuando aprendes a analizar textos, esto queda claro: busca las repeticiones, te dirán lo que realmente importa.

Así, veamos un patrón que comunica algo. Las mujeres en Estados Unidos son especialmente vulnerables respecto a la violencia sexual durante sus años universitarios y justo después. Cuando empecé el primer semestre de mi licenciatura, asistí a una charla extracurricular aterradora que me educó sobre esto. Hasta entonces, no era consciente de esta realidad. Aunque las estadísticas varían un poco, varias encuestas sugieren que entre los 18 y los 25 años, hasta una de cada cuatro mujeres es “agredida sexualmente” (término en el que se incluyen la mayoría de formas de “contacto sexual no deseado”) y una de cada diez es violada, más de la mitad por intoxicación o incapacidad.[4] Después de escuchar esto, fui paseando por el campus contando a las mujeres que veía: “1, 2, 3, 4”. También empecé a observar a los estudiantes varones, sin saber cómo contarlos. En las fiestas, solo bebía agua que yo misma me había servido.

Fui reacia a participar en la sensibilización de la etiqueta #metoo (#yotambién) en las redes sociales durante el año pasado por la misma razón que dieron muchas mujeres más: por respeto a aquellas que han sufrido las violaciones más extremas de su cuerpo y persona. Aunque la progresión de acoso a violencia implica una mera separación de grados en cuanto a su lógica, existe, según mi experiencia, una aguda diferencia cualitativa en cuanto al impacto sobre las víctimas. Para muchas de mis amigas que han sido violentamente agredidas, la experiencia continúa siendo radicalmente destructiva para su sexualidad y su sentido de identidad.

Pero, claro, #yotambién. Porque si no ha habido un golpe directo, solo es debido a que ha estado a punto de suceder muchas veces. Durante mis cuatro años como estudiante universitaria, me han acosado, seguido, agarrado, toqueteado y amenazado, además de haber sido víctima de todo tipo de comentarios agresivos e impropios. Era algo tan rutinario que he olvidado la mayoría de los incidentes. Un compañero de clase y amigo dejó varios mensajes alarmantes en mi buzón de voz después de enterarse de que estaba saliendo con otro. Cuando estaba estudiando en el extranjero, de camino a las clases tuve que huir de un hombre que me estaba siguiendo con un cuchillo detrás de su espalda. Una noche, durante mis estudios de posgrado, un desconocido agitado intentó sacarme de mi coche después de haber aparcado delante de mi apartamento. No tenía un celular. Arranqué el coche y conduje por toda la ciudad durante mucho tiempo, con la esperanza de que él se hubiese marchado cuando volviera. Ese mismo año, vi a tres hombres intentando entrar en mi apartamiento mientras volvía sola de hacer la compra. Se marcharon antes de que llegara la policía. Como buena calvinista, me educaron para que no creyera en la suerte o la fortuna, pero sí creo que fue casualidad que estos acontecimientos no llegaran a convertirse en algo peor. Precisamente es por eso que las experiencias son una clase aparte de carga psicológica. Cuando era más joven, creo que no pasé más de una semana sin que me encontrara en una situación en la que me preguntase, tal y como lo dijo claramente un escritor, “¿Es esta mi violación?”. El día en que cumplí 26 años, me acuerdo perfectamente de sentirme aliviada por haber cruzado el umbral imaginario hacia la categoría de “con menos probabilidades de ser agredida sexualmente”.

Durante el tiempo que he pasado en la Universidad de Virginia, varios acontecimientos graves han puesto de manifiesto la violencia sexual y el mayor problema que es la violencia contra las mujeres: el secuestro y asesinato de Morgan Harrington, una alumna de Virginia Tech mientras estaba en UVA para un concierto (2009); el brutal asesinato de la atleta y estudiante de cuarto año en UVA Yardley Love por parte de su novio (2010); el secuestro y asesinato de la alumna de UVA Hannah Graham, de 18 años, (2014) y el artículo retirado de Rolling Stone sobre una supuesta agresión sexual en una fraternidad de UVA (2014). El famoso artículo “Una violación en el campus” quería llamar la atención sobre el impresionante número de casos sobre agresiones sexuales mal manejados y las razones sistémicas dadas para no registrarlos y retirar los cargos en universidades de todos los Estados Unidos.[5] El hecho de no tomar en serio las denuncias o de no vincular diferentes casos ha resultado en delitos repetidos cometidos por el mismo autor y que podrían haberse evitado. (Jesse Matthews, por ejemplo, fue acusado de una violación en Liberty University y se le asoció con un par de casos más antes de secuestrar y asesinar a Harrington y a Graham.[6]).

Sin embargo, estas notables tragedias no reflejan los incidentes más comunes de violencia doméstica en los campus universitarios de hoy en día. En 2012, UVA fue valorada como la “escuela con más fiestas” de la nación.[7] Los expertos han identificado, consistentemente, dos riesgos principales para la victimización en los campus: 1) el consumo de alcohol y 2) una cultura social de sexo casual y no comprometido. Tal combinación puede llevar a muchas situaciones ambiguas como a la que se refirió el artículo de Washington Post “Él dijo que había sido de mutuo acuerdo. Ella dijo que se había desmayado. UVA tuvo que decidir;¿Había sido una agresión?”[8] Esta historia muestra la dificultad de depender en “sí significa sí” en los casos de promiscuidad con alcohol. En palabras de la chica, “Creo que estaba tan borracha que… no es posible que algo así estuviera bien”. Ciertamente, según el “consentimiento expreso”, alguien no puede consentir a algo si está “incapacitado”, lo que incluye estar “muy borracho”. Es decir, no bebas y tengas relaciones sexuales a la vez (incluso si la otra persona aún está técnicamente despierta y te sigue la corriente). Un buen principio que mantener. Sin embargo, en un momento íntimo después de haber bebido, ¿quién puede decidir si, bajo las circunstancias, el consentimiento es posible?

Debemos reiterar que la violencia sexual no solo es un problema para las mujeres. Desgraciadamente, los hombres también son víctimas en muchos de los casos. Hasta 1 de cada 6 niños son agredidos antes de cumplir los 18 y 1 de cada 16 denuncia haber sido agredido por, en la mayoría de los casos, otros hombres.[9] Sin embargo, cada vez hay más denuncias de chicos que son agredidos sexualmente por chicas. Después de que saliera a la luz el artículo de Rolling Stone, un catedrático de UVA escribió una respuesta donde minimizaba el aspecto del género y se centraba en problemas más amplios, como la avaricia y la explotación. Dos catedráticos más de UVA escribieron conjuntamente “Sexo y Peligro en UVA”, donde se acusa a la universidad de desmontar “las convenciones y los acuerdos institucionales que durante generaciones habían unido a ambos sexos de una forma más o menos ordenada e intencionada” y de dejar a los estudiantes en “dormitorios-prostíbulos” con “este vaho de sexo informe”.[10]] De forma parecida, Jennifer Beste, autora de College Hookup Culture and Christian Ethics (Ética cristiana y cultura social en la universidad), observa “los complejos factores culturales que contribuyen a esta epidemia de violencia sexual”.[11] Es cierto, vivimos en una cultura social donde imperan la cosificación y el oportunismo sexual. Además, un rasgo definidor del pecado siempre ha sido la instrumentalización y el abuso de los cuerpos humanos. Así que la alta incidencia de contacto sexual no deseado está correctamente conectado con una serie de dinámicas que van más allá del sexo y el género. Sin embargo, cuando se trata de depredación, sería peligroso negar la correlación persistente entre la masculinidad y la virilidad. Por ejemplo, el grupo de apoyo Know Your IX (Conoce tu IX) ha anunciado que el 99% de los violadores son hombres, el 90% de las víctimas son mujeres y el 85% de los autores de las agresiones sexuales hacia hombres son hombres. La violencia sexual afecta, de manera desproporcionada, a mujeres y niños, siendo los jóvenes de ambos sexos los más vulnerables.

Entonces, ¿cómo contamos a los criminales? Las investigaciones sugieren que al menos 1 de cada 12 universitarios varones, así como en el público en general, son violadores. Sin embargo, en una encuesta, un 15% de los estudiantes varones afirmaron haber usado el alcohol con la intención de abusar sexualmente de las mujeres y un 35% afirmó que esto era socialmente aceptable entre sus amigos.[12] Otros estudios muestran que los hombres jóvenes que forman parte de fraternidades, tienen entre tres y diez veces más probabilidades de cometer una agresión sexual.[13] Esta es una de las razones por las que las fraternidades reciben una atención especial cuando se trata de la seguridad de las mujeres en los campus. Esto no debería sorprendernos, ya que las fraternidades pueden ser un lugar de confluencia de los factores que facilitan la creación una subcultura “propensa a la violación”. Hace tiempo que se ha ido vinculando el incremento del riesgo del comportamiento sexualmente violento con la hipermasculinidad, el dominio y derecho masculino, las actitudes misóginas, la cosificación sexual y la pornografía, así como unas repercusiones institucionales poco estrictas[14] para los presuntos agresores en las universidades. Estas son algunas de las dimensiones de la vida en el campus, como también de la cultura en general, que más urgentemente necesitan ser tratadas si queremos que el número de agresiones sexuales disminuya. Tenemos que ofrecer una formación sexual más integral, sobretodo en cuanto a la erotización de la violencia.

Las universidades, los estudiantes y las autoridades locales están trabajando arduamente para combatir la violencia sexual en los campus. Por ejemplo, UVA apoya muchas iniciativas, como Recupera la noche, No en nuestro terreno, Greendot, Nuestra responsabilidad, Uno menos, Uno de cada cuatro, SARA y más. Los programas más prometedores incluyen una formación de intervención para testigos .[15] El método se centra en enseñar a los participantes a reconocer la agresión y el derecho sexual en lugares públicos y cómo intervenir de una forma no coercitiva. La agresión es usualmente precedida por comportamientos inapropiados y agresiones menores que los testigos observan pero tienden a ignorar, pues “no es asunto suyo”. Por ejemplo, antes de cruzarse con Hannah Graham, testigos afirman haber visto a Jesse Matthews acosando abiertamente a otras mujeres en los bares y, más tarde, alguien oyó a Graham diciendo que no quería meterse en el coche con él, pero nadie intervino.[16] ¿Qué habría sucedido esa noche si los testigos hubieran pensado que “este era asunto de todos”? La formación para testigos no solo consigue proteger a víctimas potenciales en ese instante, sino que también pone de relieve una manera para que tales comportamientos acaben por desaparecer en un grupo, ya que son interrumpidos una y otra vez.

¿Hay alguna respuesta cristiana particularmente apropiada que pueda apoyar estos esfuerzos? Una de las cosas más importantes que deberíamos apuntar es que no todos los conceptos son esclarecedores por igual en cada caso. Existen muchas maneras en que los cristianos podemos empeorar las cosas precisamente por recurrir a unos principios teológicos, bíblicos o morales por lo demás muy sólidos, como por ejemplo el perdón, como también la misericordia, el sufrimiento, la contención, el amor, imitar el sufrimiento de Cristo, etc. Todos estos términos han sido usados directa e indirectamente para que personas, en especial mujeres, se quedasen en relaciones abusivas, para silenciar o no hacer caso a las víctimas y para cubrir injusticias del sistema. De la misma manera, mencionar normas de modestia, pureza, abstinencia o sobriedad pueden hacer más mal que bien. El asunto es de tanta importancia que merece una extensa respuesta teológica. Les presentaré una serie de observaciones sobre cómo los cristianos podrían ser más conscientes de sí mismos a la hora de responder a la crisis de la violencia sexual.

Cuando nos enfrentamos al sufrimiento de otra persona, nuestra inclinación inmediata debería ser “lloren con los que lloran” (Ro 12:15, NVI), en vez de cuestionar o dar lecciones morales. Recuerdo que uno de mis profesores de Antiguo Testamento mientras estudiaba en el seminario decía que cuando la realidad no corresponde con la verdad de Dios, “solo entramos en el reino de Dios mediante el lamento”. Según mi experiencia limitada de los Estados Unidos, los cristianos tienden a evitar la experiencia del llanto y el lamento, a pesar de que las Escrituras nos ofrecen una base sustancial para ello (p. ej., con Lamentaciones y los Salmos de Lamento). La “negatividad” en todas sus formas es reprimida, tanto en la iglesia como en la vida diaria. Este es el caso especialmente de las mujeres, en las que incluso el enojo más justo es visto como poco atractivo y femenino.

Una de las cosas más constructivas espiritualmente que recuerdo haber leído cuando estaba en la universidad es esto: “Mi tesis es que los cristianos hemos estado a punto de matar el amor precisamente porque hemos visto el enojo como algo tan letal como el pecado. El enojo no es opuesto al amor. Lo podemos entender como un sentimiento que nos avisa de que algo va mal en nuestras relaciones con los demás o con el mundo que nos rodea. El enojo es una manera de conectar con otros y es siempre una forma vívida de cuidado hacia los demás”.[17] Cuando el enojo es una forma de amor, debemos practicar su expresión colectiva y lamentar las condiciones que lo causaron. Esta es una contrapartida importante de la confesión. Algunas tradiciones eclesiales consiguen que esto forme parte de la liturgia, pero muchas otras no. Llorar juntos y llevar las cargas de los demás son prácticas antiguas encomiadas a la iglesia. Reducen la alienación, crean solidaridad, generan voluntad política y nos ayudan a amar mejor a nuestro prójimo.

El lamento también nos ayuda a ver el juicio de Dios desde una perspectiva diferente. Crecí en una denominación que solo hablaba del juicio divino como algo terrible que todo pecador debía temer. Cuando empecé a leer las Escrituras y obras teológicas por mí misma, me sorprendió encontrar que, a lo largo de la Biblia hebrea, el “juicio” es representado como un bálsamo para los afligidos y oprimidos. Solo depende de en qué lado te encuentres. El juicio de Dios también es su gracia y bendición para los quebrantados de corazón. Significa que Dios ve. Para muchos de nosotros, esto representa un alivio enorme.

Otra razón para dejar paso al lamento es que los cristianos podemos pasar prematuramente al “perdón”, que a menudo es el término más contraproducente que podemos introducir en los casos de violencia física. Podemos caer en la peligrosa situación de tener un entendimiento demasiado simple de lo que requiere y cómo debería funcionar en una vida de fe. Recomendar el perdón (o la misericordia o la gracia) en el momento equivocado puede traer aún más injusticia al afligido. No podemos justificar bíblicamente el no decir la verdad y el lamento a favor de un sentimiento barato y subdesarrollado de “dejarlo pasar”. Es posible que el “perdón”, si lo consideramos con detenimiento, sea utilizado para encubrir las respuestas humanas profundamente problemáticas frente al dolor de otros. Culpar y no creer a la víctima están estrechamente relacionadas con la gracia barata.[18]

Es tentador centrarnos en controlar las emociones de la persona vulnerable que está ante nosotros e insistir en que “haya paz donde no la hay” con pretensiones piadosas, cuando, en realidad, son perjudiciales o inconvenientes. Esto puede convertirse fácilmente en un chivo expiatorio retroactivo. Las víctimas se ganan su sufrimiento después del hecho si son incapaces de soportarlo en silencio. Hablar de ello y ser incapaces de “perdonar” hace que se lo merezcan. Se crea un pequeño círculo bien cuidado en que no cabe ninguna respuesta a la mala acción. La perversidad de este patrón es evidente, aunque sorprendentemente generalizado. En el caso de la violencia sexual, hace que aquellos que adoptan este enfoque sean cómplices de los delitos que tanto los delincuentes como sus víctimas lleguen a cometer en el futuro.

Esto me lleva a pensar en una historia gráfica en el capítulo 35 de Los hermanos Karamazov, donde un hombre viejo y rico deja, caprichosamente, que sus perros ataquen a un pobre chico hasta destrozarlo delante de su madre. La conclusión “impía” de Iván puede parecernos correcta: nadie tiene el derecho de perdonar a alguien de parte del torturado. A veces, el perdón es nuestro para otorgarlo y, a veces, no; por lo que debemos dejar pasar el injusto impulso de excedernos. En el segundo caso, nuestra respuesta después de escuchar los “textos de terror” de la vida real (para usar la frase de Phyllis Trible) solo puede ser la de Aliosha: “Yo también quiero sufrir”.

Sin embargo, se estima que las víctimas cuentan su experiencia a una media de nueve personas antes de que se les crea. Un estudio muestra que el 94% de las víctimas no reciben apoyo de los demás y que al 78% los demás se les ponen activamente en contra.[19] ¿Por qué no creemos? La negación es psicológicamente complicada pero también evidentemente injusta. La violencia sexual es, de hecho, el delito menos denunciado, y es denunciado falsamente en un porcentaje muy bajo (entre el 2–6%).[20] Me recuerda la descripción que hace Pablo sobre el amor en 1 Corintios 13:7: “Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. ¿Qué significa que el amor todo lo cree? ¿Es la incredulidad, de algún modo, opuesto al amor? No deberíamos preocuparnos tanto de que se nos engañe para que nuestro primer impulso no sea escuchar y creer. El “camino a la cruz” más fiel es, en estos casos, aceptar la carga pesada de “sufrir juntos”.


Preguntas para debatir

Leer y malinterpretar la Biblia

  1. Según tu experiencia, ¿qué pasajes de las Escrituras y enseñanzas de la iglesia han sido interpretadas de forma que podría minimizar o perpetuar la violencia sexual y la violencia contra mujeres y niños? Algunos ejemplos podrían ser 1 Corintios 7:1–7, Efesios 5:21–33 o Génesis 3:16.
  2. ¿Cómo crees que podrían retarse estas interpretaciones mediante una lectura más atenta?
  3. ¿Hay otros pasajes de las Escrituras que señalan vías para erradicar la violencia y la opresión contra las mujeres?

Responder a historias de violencia sexual

  1. Piensa en un caso específico en que alguien te dijera que había sido víctima de una agresión sexual o en que escucharas alguna historia sobre la violencia sexual. ¿Cómo respondiste y por qué?
  2. ¿Qué harías diferente después de reflexionar sobre los hechos alrededor de la violencia sexual?

Usar el perdón de forma adecuada

Lee la parte relevante del capítulo 35 de Los hermanos Karamazov[21] y Mateo 18:15–20. Habla con otros sobre la práctica correcta del perdón.

  1. ¿Cuándo has visto que el proceso del perdón se usara adecuadamente para que se facilitaran la justicia y la reconciliación?
  2. ¿Cuándo has visto que el proceso del perdón se usara tan inadecuadamente que los más vulnerables se volvieran aún más vulnerables?

Lecturas adicionales


Notas al pie

[1] Wendell Berry, “Sex, Economy, Freedom, and Community,” Sex, Economy, Freedom, and Community (New York: Pantheon, 1993), 119.

[2] Susan Sontag, On Photography (New York: Picador, 1977), 20.

[3] “Violence against Women: Intimate Partner and Sexual Violence against Women” (World Health Organization, November 2017), http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs239/en/.

[4] “AAU Climate Survey on Sexual Assault and Sexual Misconduct” (Rockville, Md.: Association of American Universities, 2015), https://www.aau.edu/key-issues/aau-climate-survey-sexual-assault-and-sexual-misconduct-2015.

[5] Sabrina Rubin Erdely, “A Rape on Campus: A Brutal Assault and Struggle for Justice at UVA,” Rolling Stone, 19 de noviembre de 2014, http://web.archive.org/web/20141119200349/http://www.rollingstone.com/culture/features/a-rape-on-campus-20141119.

[6] Alix Bryan, “The Disturbing Timeline of Jesse Matthew’s Sexual Violence and Murders,” WTVR.Com, 3 de marzo de 2016, http://wtvr.com/2016/03/03/the-disturbing-timeline-of-jesse-matthews-sexual-violence-and-murder/.

[7] Seth Cline, “Playboy: UVA Is Nation’s Top Party School,” U.S. News & World Report, 26 de septiembre de 2012, https://www.usnews.com/news/articles/2012/09/26/playboy-uva-is-nations-top-party-school-playboy-uva-is-nations-top-party-school.

[8] T. Rees Shapiro, “He Said It Was Consensual. She Said She Blacked out. U-Va. Had to Decide: Was It Assault?,” Washington Post, 14 de julio de 2016, sec. Education, https://www.washingtonpost.com/local/education/he-said-it-was-consensual-she-was-blacked-out-u-va-had-to-decide-was-it-assault/2016/07/14/4211a758-275c-11e6-ae4a-3cdd5fe74204_story.html.

[9] “Statistics,” Know Your IX, visitado el 27 de febrero de 2018, https://www.knowyourix.org/issues/statistics/.

[10] Vigen Guroian y William Wilson, “Sex and Danger at UVA,” First Things, mayo 2015, https://www.firstthings.com/article/2015/05/sex-and-danger-at-uva.

[11] Jennifer Beste, College Hookup Culture and Christian Ethics: The Lives and Longings of Emerging Adults (Oxford: Oxford University Press, 2018), 262.

[12] Ibid.

[13] “Sexual Assault Statistics,” One In Four USA, visitado el 27 de febrero de 2018, http://www.oneinfourusa.org/statistics.php.

[14] Caroline Kitchener, “When Helping Rape Victims Hurts a College’s Reputation,” The Atlantic, 17 de diciembre de 2014, https://www.theatlantic.com/education/archive/2014/12/when-helping-rape-victims-hurts-a-universitys-reputation/383820/.

[15] “Training Men and Women on Campus to ‘Speak Up’ to Prevent Rape.” Morning Edition. NPR, 30 de abril de 2014. https://www.npr.org/2014/04/30/308058438/training-men-and-women-on-campus-to-speak-up-to-prevent-rape.

[16] Erin Donaghue, “UVA Victim Hannah Graham Refused to Get in Killer’s Car,” CBS News, 3 de marzo de 2016, https://www.cbsnews.com/news/docs-uva-victim-hannah-graham-refused-to-get-in-killer-jesse-matthews-car/.

[17] Beverly Wildung Harrison, “The Power of Anger in the Work of Love,” Union Seminary Quarterly Review, Vol. XXXVI (1981): 49.

[18] Kyle Swenson, “A Pastor Admitted a Past ‘Sexual Incident’ with a Teen, Saying He Was ‘Deeply Sorry.’ His Congregation Gave Him a Standing Ovation.,” Washington Post, 10 de enero de 2018, sec. Morning Mix, https://www.washingtonpost.com/news/morning-mix/wp/2018/01/10/a-pastor-admitted-a-past-sexual-incident-with-a-teen-his-congregation-gave-him-a-standing-ovation/.

[19] Mark Relyea and Sarah Ullman, “Unsupported or Turned Against: Understanding How Two Types of Negative Social Reactions to Sexual Assault Relate to Post-Assault Outcomes,” Psychology of Women Quarterly 39, no. 1 (Marzo 2015): 37–52, https://doi.org/10.1177/0361684313512610.

[20] Lisa Lazard, “Here’s the Truth about False Accusations of Sexual Violence,” The Conversation (blog), 24 de noviembre de 2017, http://theconversation.com/heres-the-truth-about-false-accusations-of-sexual-violence-88049.

[21] Fyodor Dostoyevsky, The Brothers Karamazov, trans. Richard Pevear y Larissa Volokhonsky (London: David Campbell, 1992), 236–46; disponible en línea, The Brothers Karamazov, trans. Constance Garnett (London: W. Heinemann, 1912), http://www.online-literature.com/dostoevsky/brothers_karamazov/.

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