El testigo cristiano en la universidad / Vinoth Ramachandra

Integridad, encarnación y diálogo en las universidades actuales

Traducido del inglés por Ellie Monteiro

El Cristo resucitado se reveló por primera vez a una mujer, a María Magdalena. Ella recibió la comisión de anunciar las buenas nuevas de su resurrección al resto de la comunidad apostólica. Considerando que el testimonio de una mujer se menospreciaba en las cortes de justicia judías, y que esta mujer en concreto procedía de un estrato social bajo, todo ello hace que fuera muy poco probable que las narrativas de la resurrección fueran invenciones de la iglesia de Jerusalén. Pero también es típico de la naturaleza subversiva y de naturaleza invertida del mismo evangelio: un Salvador crucificado, el poder de Dios reflejado en la debilidad, el reino de Dios expresado mediante el servicio sufridor, los marginados levantados y los poderosos humillados. Fue realmente “[…] motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles.” (1 Corintios 1:23, NVI)

Antes de su muerte, Jesús prometió a sus discípulos que “el Espíritu de verdad” que “testificará acerca de mí. Y también ustedes darán testimonio porque han estado conmigo desde el principio”. (Juan 15:26–27) La Iglesia post-apostólica se construyó sobre el testimonio de los apóstoles del Cristo crucificado y resucitado, el Señor de toda la creación. En otras palabras, nuestro testimonio es secundario; su testimonio era el primario. Nosotros no damos testimonio de nosotros mismos y de nuestras experiencias religiosas, sino del Cristo cuya historia es relatada por cuadruplicado en las narrativas evangélicas y que fue presagiado en el Antiguo Testamento para ser expuesto en el resto del Nuevo Testamento.

Sin embargo, nuestros propios caracteres e historias son importantes. Son lo que da credibilidad a nuestro testimonio hablado. En un tribunal, un testigo que tiene una reputación de ser deshonesto, exagerado, que busca su propio beneficio o que es poco consistente apenas será creído por un juez o un jurado. Por ello, el lenguaje del Nuevo Testamento usa la palabra “testigo” para describir a la Iglesia en relación a las buenas nuevas del reino de Dios lo que supone un reto profundo. Llama la atención a la indivisibilidad de la palabra y la vida, el discurso y la acción. Lo que decimos al mundo debe salir de quienes somos y lo que personificamos en todo lo que hacemos.

Ser testigo y practicar la integridad

Jesús enseño repetidas veces a sus discípulos que su amor los unos por los otros podría ser la marca de su discipulado y un argumento poderoso ante un mundo escéptico (Juan 13:35; 17:20–23). Es más, los textos Paulinos, tales como Gálatas 3:27–29 y Efesios 2:14–22 nos recuerdan que la muerte de Cristo fue un acontecimiento profundamente social y político. El mismo acto que me reconcilia con Dios me injerta simultáneamente en una nueva comunidad en la que la gente encuentra su identidad en Jesucristo en lugar de en su raza, su cultura, su clase social o su género, por tanto están reconciliados los unos con los otros. Por tanto, la pertenencia al cuerpo de Cristo no es cuestión de gusto o disgusto, sino que es cuestión de la incorporación en una sociedad bajo la Soberanía de Cristo que es tanto una señal como un anticipo de la humanidad redimida.

Consecuentemente, la unidad visible de los cristianos es céntrica al evangelio. El mundo necesita ver además de oír el evangelio de reconciliación personificado en la vida de la Iglesia Cristiana. Por ello, la falta de unidad de la Iglesia niega el evangelio y no es una señal de la gracia de Dios sino de su juicio. Una iglesia fragmentada, competitiva y dividida no tiene un mensaje para un mundo fragmentado y dividido. Y, en los campus universitarios, las comunidades de estudiantes cristianos están divididos entre las líneas étnicas, de clase o denominacionales que solo pueden predicar un “evangelio” individualista y sub-cristiano y no el evangelio de reconciliación con la universidad.

El teólogo Sudafricano Charles Villa-Vicencio observó una vez que “la mención del Dios cristiano en la constitución Sudafricana se habrá hecho probablemente para alienar a las personas negras de la iglesia que cualquier otra filosofía de estado, secular o atea, hubiera conseguido jamás.”* En su magistral The secularization of the European mind in the nineteenth century, el historiador Owen Chadwick señaló que la crítica de finales del siglo XIX dijo que el cristianismo “no debe sus fuerzas… en absoluto a la ciencia del siglo XIX. Su base era ética… atacó a las iglesias cristianas, no en nombre del conocimiento sino de la justicia y la libertad.”* Si repasamos el devenir completo de este período de la historia británica, Chadwick sólo pudo hallar a 3 científicos que se habían apartado de su fe cristiana por el crecimiento de sus conocimientos científicos.

Ser testigo encarnacional

La encarnación de la Palabra de Dios en carne humana nos habla de la identificación, la dependencia, la vulnerabilidad y la debilidad. Proclama a un Salvador que viene a nosotros, dondequiera que estemos, nos mira a través de nuestros ojos, habla con nuestra lengua, se viste con nuestra ropa, sufre nuestras enfermedades y se solidariza con nosotros. Un compromiso encarnacional con la universidad implica que estamos completamente inmersos en la vida universitaria. Significa que no estamos entrando de vez en cuando desde fuera, asistiendo a nuestras clases o llevando a cabo las “misiones” sin mantener un diálogo y sin encontrarnos con los miembros de la universidad. Deberíamos estar implicados en posibilitarlo para que se convierta en una forma en la que Dios bendiga a la humanidad.

¿En IFES estamos llevando este reto a la universidad con suficiente seriedad intelectual? La suposición predominante entre los estudiantes y los obreros es que la evangelización se trata de invitar a los que no son cristianos a que vengan a nuestras reuniones, para escuchar nuestros puntos de vista, para aprender nuestro idioma y leer nuestras Escrituras. Somos la mayoría en estas reuniones y mantenemos el control.

Sin embargo, la universidad es un lugar donde ocurren conversaciones de muchos tipos, sea en las clases, los laboratorios de investigación, las tutorías, la sala de la facultad, el sindicato de estudiantes o las innumerables asociaciones estudiantiles que surgen en el campus. Ahí es donde deberían estar los cristianos, siendo humildes y valientes, uniéndonos a esas conversaciones (las mayorías de las cuales no habremos iniciado nosotros) y llevándolas en una dirección distinta. Creo que es posible empezar con cualquier tema, desde el más ridículo al más sublime y llevarlo al terreno de los asuntos de los que trata el evangelio haciendo las preguntas adecuadas que nos llevarán hasta ahí. ¿Qué significa ser humano? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad absoluta? ¿Qué valoramos realmente y por qué? ¿De dónde derivamos nuestras nociones del bien y del mal, de la razón, la belleza o la justicia? Y así sucesivamente.

Aún si nuestros esfuerzos no llevan a la gente a un compromiso de fe en Cristo, siguen siendo testigos de la intención de Dios de reunir todas las actividades en Cristo, sean de ciencias, negocios, gobierno o las artes (cf. Col.1:20). No llevamos a Cristo a la universidad; él es el que va delante de nosotros y nos lleva ahí. Está presente, aunque no esté reconocido, en el laboratorio de bioquímica, la clase de música, el centro de radio-astronomía, los debates del sindicato estudiantil acerca del calentamiento global o de la financiación, y todas las conversaciones que conforman la vida universitaria en su conjunto. Hemos sido llamados a discernir su presencia y actividad y articularla con valentía y sabiduría.

Ser testigo en diálogo

La aproximación al testimonio debe ser siempre un diálogo. De hecho, el diálogo es esencial para definir la actividad de cualquier universidad respetable. De eso es de lo que se trata la libertad académica: la libertad de pensar y proclamar hasta las ideas más peregrinas, siempre y cuando uno esté dispuesto a someter tales ideas al escrutinio y al debate de sus compañeros. Las instituciones educativas que buscan acallar las voces marginales o subversivas, sean religiosas o seculares, pierden su derecho a ser llamadas universidades. Los cristianos deberían estar en la vanguardia de la promoción del diálogo en toda la universidad, empezando y uniéndose a las conversaciones de cualquier tema que sea de interés común.

El diálogo procede de la creencia que, al encontrarse con otra gente y con otras culturas (sean explícitamente religiosas o no), no nos adentramos en un vacío, sino que nos adentramos esperando reunirnos con Dios que ha ido por delante de nosotros y ha estado preparando a la gente en el contexto de sus propias culturas y comunidades.

Por ello el otro es esencial para nuestro propio peregrinaje. No sabemos lo que realmente creemos, y mucho menos sabemos lo poco que nuestras vidas se conforman a lo que decimos que creemos, hasta que dialogamos con los demás, especialmente con los que son profundamente distintos a nosotros. Esta humildad me permite ver las formas en las que puedo ser propenso a usar mi cristianismo para ocultar los hechos que son inconvenientes o para alimentar mi propio ego. La evangelización auténtica cambia a los portadores tanto como a los receptores del evangelio.

Cuando empecé a trabajar con los estudiantes en Sri Lanka a principios de los años 80, recuerdo haberme sentado con Marxistas en la Universidad de Colombo y haber escuchado todas las preguntas que me lanzaban: ¿Qué dice la Biblia acerca de la revolución? ¿Qué tiene de malo usar la violencia para deponer a un régimen déspota? ¿Por qué son los cristianos colonialistas y capitalistas? No había reflexionado en profundidad acerca de estas preguntas en los siete años que había sido un estudiante cristiano activo en la Universidad de Londres. Desde entonces, siempre he buscado escuchar a los grandes pensadores que no son cristianos, sean ateos, humanistas, budistas, musulmanes o de cualquier otro credo, tanto a través de sus escritos como en reuniones personales y diálogos públicos. También he cultivado activamente mis amistades con cristianos de todas las tradiciones y persuaciones teológicas. Me he visto retado y humillado, a la vez que he profundizado en mi lectura de las Escrituras y en mi discipulado cristiano gracias a estas experiencias. He tenido que arrepentirme de prejuicios, estereotipos y de mi propia ingenuidad.

Dialogar implica estar inmerso en una conversación de ida y vuelta: permitiendo que las disciplinas académicas de la universidad hablen a nuestra fe y, al mismo tiempo, articulando nuestra fe de una forma inteligente, humilde, relevante y valiente en estas disciplinas académicas. En el diálogo, al contrario que en el monólogo, nos arriesgamos. Nos exponemos, con toda nuestra vulnerabilidad, al peso completo del pensamiento ajeno o anti-cristiano, además de recibir nuevas verdades que enriquecen nuestra comprensión de Dios y del mundo de Dios.

Cuando el evangelio cruza una nueva frontera, surgen nuevas preguntas y la iglesia se ve obligada a replantearse el evangelio que proclama y la naturaleza de su propia obediencia en el mundo. Lo vemos en las cartas de Pablo, las cuales fueron escritas en su totalidad en respuesta a una nueva situación misionera.* Por ejemplo, a los cristianos en Corinto les pregunta cosas tales como, “Cuando nuestros amigos paganos nos invitan a sus hogares y nos sirven comida ofrecida en sus templos, ¿estamos cometiendo idolatría al participar de ello?” Hasta ese momento, Pablo no había tenido que afrontar esa pregunta, porque los judíos como él nunca entraban en hogares paganos. Y es que la teología se hace precisamente en el filo del compromiso misionero, y ahí es donde la iglesia crece en su conocimiento de Cristo.

Igualmente, cuando el evangelio se traduce en las distintas disciplinas académicas de la universidad, sea la arquitectura, robótica, astronomía o composición musical, se plantean nuevas preguntas a las que deberemos dar respuesta. Si lo hacemos con integridad, la Iglesia verá un mayor resplendor de Cristo.

Por último, hablar con una voz cristiana se trata de cómo hablamos además de qué decimos. En ocasiones los estudiantes cristianos piensan que si citan textos de la Biblia en un seminario o en un aula, han dado testimonio de Cristo. El resultado, sin embargo, es una vergüenza para otros cristianos y un endurecimiento de los corazones de los demás hacia los cristianos. La caridad, el respeto por los demás y el uso de un lenguaje apropiado en un contexto dado son virtudes indispensables para la vida académica. La novelista Madeleine L’Engle le dijo una vez a una estudiante que quería convertirse en una “escritora cristiana” que “si es una cristiana real y profunda, todo lo que escriba será cristiano, tanto si menciona a Jesús como si no. Y si no es cristiana, en el sentido más profundo de la palabra, lo que escribe no será cristiano, independientemente del número de veces en el que invoque el nombre del Señor.”*

Ser “cristiano, en el sentido más profundo” es el mayor reto que tendremos que presentarle a los estudiantes y profesores universitarios.


Preguntas para debatir

Lea a Vinoth Ramachandra, “El testimonio cristiano en la universidad”, y Juan 15:26–27.

  1. ¿A quién damos testimonio cuando damos testimonio? ¿Quién da testimonio?
  2. ¿Qué implica para usted ser íntegro en sus estudios y en su trabajo?
  3. ¿Su comunidad estudiantil o su iglesia del cuerpo de Cristo dan testimonio como una comunidad sin divisiones basadas en género, raza o clase social?
  4. ¿Tiende a pensar que dar testimonio en la universidad equivale a celebrar eventos evangelísticos, participar en los eventos de otros, o ambas cosas?
  5. ¿Cuándo ha participado en el diálogo de la universidad? ¿Cómo le ha cambiado este diálogo? ¿Cómo ha cambiado este diálogo a las personas con las que habla?

Lecturas adicionales

  • Chong Yun Mei, Lisman Komaladi, and Esther Yap Yixuan, eds. Engaging the Campus: Faith and Service in the Academy. 2nd ed. Singapore: Fellowship of Evangelical Students, 2016.
  • Lundin, Roger, ed. Christ across the Disciplines: Past, Present, Future. Grand Rapids, Mich.: Eerdmans, 2013.
  • Malik, Charles Habib. A Christian Critique of the University. 2nd ed. Waterloo, Ont.: North Waterloo Academic Press, 1987.
  • Peskett, Howard, and Vinoth Ramachandra. The Message of Mission: The Glory of Christ in All Time and Space. Bible Speaks Today. Leicester: Inter-Varsity Press, 2003.
  • Ramachandra, Vinoth. Gods That Fail: Modern Idolatry and Christian Mission. Carlisle: Paternoster, 1996.
  • Sloane, Andrew. On Being a Christian in the Academy: Nicholas Wolterstorff and the Practice of Christian Scholarship. Waynesboro, Ga.: Paternoster Press, 2009.

Notas al pie

[1] Charles Villa-Vicencio, A Theology of Reconstruction: Nation-Building and Human Rights (Cambridge: Cambridge University Press, 1992), 265-66.

[2] Owen Chadwick, The Secularization of the European Mind in the Nineteenth Century (Cambridge: Cambridge University Press, 1975), 155.

[4] Andrew Walls, “Introduction”, The Missionary Movement in Christian History: Studies in the Transmission of Faith (Edinburgh: T & T Clark; New York: Orbis, 1996).

[5] Madeleine L’Engle, Walking on Water: Reflections on Faith and Art (Wheaton, Ill.: Harold Shaw Publishers, 1980), 121-2.

Todas las citas bíblicas han sido sacadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional®, NVI® Copyright ©1999 por Bíblica, Inc.® Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

Todos los artículos de Palabra y Mundo